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Isabela Iturriza Soulés

Absurda obediencia

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Hace un par de semanas publiqué en Facebook una reflexión sobre algo que me pasó. Una gran amiga me respondió con una pregunta: ¿Cuándo los venezolanos nos volvimos tan absurdamente obedientes?

Quería comprar cuatro paquetes de un artículo para la higiene femenina que contenía ocho unidades cada uno, que se consumen en aproximadamente tres o cuatro días, y que necesitamos mensualmente. Cuando llegué a la caja para pagar me dijeron que solo podía comprar dos paquetes. Estaba en una tienda privada, no en un establecimiento del gobierno. Por supuesto, pregunté por qué y me contestaron que por ser un artículo de primera necesidad solo podían venderme dos. La respuesta me molestó y pedí hablar con el gerente de la tienda. Resultó ser una mujer que reconocía que mi requerimiento no era absurdo, que sabía que dos paquetes no son suficientes. Sin embargo, su respuesta fue que si me vendía más del límite que la tienda estableció la podrían  despedir (aunque en Venezuela hay inamovilidad laboral contemplada en la ley del trabajo).

Comencé una batalla para hacerle entender que estaban siendo cómplices de una injusticia, que esa orden no debía ser acatada y me vi completamente sola porque seguían atendiendo a mujeres que se plegaban a la orden sin la menor resistencia. Entendí que efectivamente los venezolanos nos hemos convertido en seres absurdamente obedientes, víctimas del miedo, con una programación espiritual que prefiere el control que la libertad y la autodeterminación.

Hay que considerar que el momento de esta “pequeña batalla” fue cerca de las 5:00 pm. A esa hora, un venezolano cualquiera ya tiene más de 12 horas despierto, ya puede haber estado 2 horas en tráfico o tomando hasta 3 unidades de transporte público en mal estado para llegar o volver de su trabajo mal pagado. A esa hora, probablemente ha visto o ha sido víctima de cualquier delito imaginable; o tal vez ha sido testigo o participado directamente en algún acto de corrupción. Quizás ya hizo una cola de 2 horas para comprar algún artículo de la cesta básica (escasean siempre porque sus precios están regulados, no se ajustan con la aceleradísima inflación y se producen poco).

A esa hora, un venezolano común no tiene ganas de discutir por nada. El cansancio te dice que cualquier batalla está perdida incluso antes de iniciarla. Para mí, era la primera lucha del día y por eso decidí encararla, aunque perdí. Como les dije, estaba sola. Solo pude comprar dos paquetes del producto tan preciado por evidentemente necesario.

Sobre lo que me pasó puedo decir varias cosas. Desde el punto de vista orgánico: cualquier mujer sabe que el número de toallas sanitarias que necesita depende del organismo de cada una y no se puede poner un estándar, cada quién debería poder comprar las que necesite. Desde el punto de vista económico: no es posible que una empresa privada a la que le hace daño el socialismo, porque merma sus ganancias, le haga el juego al “chip” regulatorio que nos han querido imponer decidiendo ellos mismos limitar el número de productos que venden por persona. Ni las empresas ni el gobierno tienen la potestad de decidir lo que cada quien compra y menos si son artículos necesarios. No es lógico que se tomen una atribución que no les corresponde en absoluto.

Desde el punto de vista político y social: el gobierno venezolano seguirá abusando del poder impunemente mientras cuente con la indiferencia del venezolano que puede y tiene fuerzas para luchar y no lo hace. Nos quejamos de todo pero no somos capaces de exigir lo justo en el momento en el que hay que hacerlo. El gobierno seguirá firme porque tiene lo que necesita, personas agotadas y empobrecidas que agradecen sus limosnas  en forma de subsidio a bienes de primera necesidad. Personas que prefieren los controles a una economía libre en la que tienes que trabajar y hacer el “esfuerzo” de elegir y participar en el juego de la competencia económica.

Es paradójico que en la Venezuela de hoy sea el empresario el que limite sus propias ventas y el buhonero (vendedor informal) el que fije el precio según la competencia (ellos compran en mercados públicos y privados a precio regulado, pero en la calle venden al precio que quieren para obtener ganancias). Claro está, a los buhoneros esas ganancias les parecen buenas, no así la de los empresarios. Consideran que estos sí deben estar sometidos a los controles del Estado y vender a precios regulados. El sistema nos ha llenado de vicios, incoherencias, complejos y resentimientos. El sistema es perverso.

Los debates sobre la crisis venezolana dentro y fuera del país intentan explicar lo que pasa desde la perspectiva política o económica, dependiendo del interés de la persona que emite opinión. Sin embargo, muchos olvidan que la verdadera trampa del socialismo está en lo antropológico, en la concepción de persona que tiene el modelo. Pocos recuerdan que la trampa del socialismo está en la violencia que ejerce esta ideología sobre la libertad.  No como ideal político sino como capacidad del hombre de decidir sobre su propia vida.

A estas regulaciones impuestas y autoimpuestas se suma ahora la intención de Nicolás Maduro de establecer el uso de un sistema biométrico –así lo llaman– que consiste en la utilización de captahuellas para regular las compras de todos los ciudadanos, una “cartilla de racionamiento tecnológica”. El mismo argumento están usando varias tiendas que regulan sus ventas sin tener todavía el captahuellas. La excusa es protegernos del contrabando, la realidad mayor control al ciudadano. Algunos líderes de opinión dicen que esto demuestra el fracaso del modelo, pero esto parece un análisis poco acertado. Desde el punto de vista de la consolidación del socialismo, es una victoria más. Ellos siguen avanzando en su plan y nosotros seguimos creyendo que se están debilitando.

Los venezolanos estamos dormidos. Quizás sea un sueño pesado el que provoca la absurda obediencia o tal vez un letargo del que estamos a punto de despertar. El gobierno ha sido exitoso en hacernos creer que el país es de ellos. Los venezolanos ya no recuerdan que tuvieron un país libre aunque ahora esté en ruinas. La libertad se borró de nuestra memoria. Hasta ahora, el socialismo va ganando.