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Carlos Paolillo

Abril

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Cada mes de abril en todo el mundo se celebra el movimiento. Fue hace 32 años cuando una iniciativa de la Unesco se convirtió en consenso general alrededor de algo tan vital como la expresión a través del cuerpo. A partir de allí quedó señalada en el calendario una fecha para regocijarse en la danza como acto de creación humana, y también como lenguaje del cual servirse en los momentos ineludibles de reflexión y recreación de  desequilibrios individuales y colectivos.

El día escogido, 29 de abril, podría tomarse como un mero formalismo. Sin embargo, sobre él subyace una motivación imperiosa de denuncia y proclamación de nuevas visiones de lo corporal como concepto socialmente abordado. La fecha natal de Jean Georges Noverre, maestro de baile del siglo XVIII francés, es tomada desde hace más de tres décadas como una efeméride para el análisis y la revisión de los impulsos, las ideas y las formas que han determinado al movimiento en el mundo occidental.

A medio camino entre la razón y la emoción, Noverre cuestionó sin ambages el estado de cosas al que había arribado la tradicional Academia Real de la Música y la Danza parisiense, templo de rigores, grandezas y veleidades, dentro del cual surgió el ballet como inicial sistematización de los códigos de una danza teatral que ejercía hegemonía, siempre al lado del poder absoluto. El controvertido maestro, heredero directo de una estética de excesos formalistas, había llegado a un punto de no retorno en sus concepciones de la danza como creación y como profesión y no solo como utilitario oficio cortesano. ¡Quitar las horribles máscaras, las ridículas pelucas. Eliminar el artificio y bailar lo natural! Así gritaba, literalmente, el vehemente bailarín, que advertía el advenimiento de un nuevo tiempo para la danza y el arte escénico en general.

Con esta y otras manifestaciones, que bien podrían ser tomadas como iracundas, Noverre anunciaba la transformación de la danza como hecho social, manifestación para la que pedía unidad y dinamismo en la acción, junto con autonomía en el tratamiento de un lenguaje corporal alternativo que debía emerger. Sus visionarias tesis, integradoras del hecho de danzar con otras dimensiones de la creatividad, han quedado como aleccionador legado no solo para la historia, sino también para el presente y el futuro de la danza como reflejo de sublimes y abominables realidades. Sobre la creación coreográfica, la interpretación, la formación, la investigación y la apreciación crítica, cuestionaba y escribía Noverre.

Su universal libro Cartas sobre la danza y los ballets (Lyon, 1759), sólido tratado de teoría del movimiento, en este tiempo de desafíos de la segunda década del siglo XXI, contiene más interrogantes que respuestas sobre el por qué y el para qué hacer la danza hoy en día. Cuando el autor proclamaba hace más de dos siglos la necesidad de un movimiento natural, no se refería a otra cosa distinta a lo que se denomina en la actualidad movimiento auténtico como tendencia rectora. O en términos más sencillos: bailar lo que se es.

El abril de Noverre es también, universalmente, un tiempo de motivación para todos los que bailan, como profesión todavía incomprendida y subvalorada o, simplemente, como experiencia intrínseca de lo humano.