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Miguel Ángel Cardozo

Abigarrada onomástica: de la tiranía a la paz de Jacinto

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Acabo de oír el necrófilo e insensato grito “¡Viva la muerte!”. Esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esta superioridad de espíritu es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán-Astray desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada. (Miguel de Unamuno, 12 de octubre de 1936 –en respuesta al grito “¡Viva la muerte!” propiciado por la interrupción del general José Millán-Astray al discurso que a la sazón pronunciaba Unamuno, en su calidad de rector, durante la apertura del curso académico de ese año en la Universidad de Salamanca–).

 

La cita con que se inicia esta columna viene a cuento por el excelente artículo de Tulio Hernández, “¿Viva la muerte?”, publicado en El Nacional el 11 de mayo del corriente; y aunque ese artículo no guarda estrecha relación con este –por lo menos en apariencia–, la mencionada cita sí es pertinente por la profundidad de su mensaje y por la estatura del personaje que lo expresó.

Y es que hay nombres cuya sola mención desencadena la más amplia variedad de involuntarias reacciones, unas venturosas y otras más bien infelices, como las que podrían afectar a un apasionado cinéfilo, fervoroso creyente ad lítteram del Apocalipsis, al escuchar los nombres “Damien” o “Damián” –aunque estos en realidad no forman parte de la obra del Apóstol y tan solo poseen una connotación sobrenatural en el imaginario colectivo–.

Claro que lo experimentado en una circunstancia como esa por una persona de tales características difícilmente sea comparable con lo que podría sucederle a un –otrora– opositor del gomecismo si le presentan a un “Eustoquio” o a un “Nereo”, dado que en tan excepcional situación es probable que este constate que el transcurrir de ocho décadas no ha servido para mitigar la sudoración y el mareo que inevitablemente le sobrevienen al pensar en parientes, amigos o conocidos que, sin su misma buena fortuna, no pudieron sobrevivir a la temible represión desplegada en tan sanguinario régimen –y puedo imaginar esa reacción dado que yo mismo me estremezco al recordar cómo el comúnmente risueño semblante de mi abuelo se contorsionaba por el horror al evocar los padecimientos de su padre en La Rotunda; aquella infame prisión en la que finalmente falleció–.

Tampoco es comparable a lo que podría ocurrirle a un octogenario judío superviviente de la Segunda Guerra Mundial si este llegase a conocer a un “Adolf”, ya que en ese trance es muy posible que la oscuridad nuble su visión y sus piernas lo traicionen por unos instantes al pensar en lo que los “Adolf” –el “Hitler”, el “Eichmann” y otros menos célebres–, junto con sus hermanos en el mal, perpetraron en contra de media Europa: las frecuentes masacres en las calles, los violentos allanamientos nocturnos, los viciados juicios conducidos por miembros del Partido Nazi, las dolorosas desapariciones, los exterminios masivos en los campos de concentración y una interminable lista de inenarrables crímenes.

¿Crímenes de derecha o de izquierda?, porque mirándose bien, como que el totalitarismo es “totalitarismo” a secas y lo de “derecha” e “izquierda” es mero eufemismo. Y más aún, visto así, carece entonces de validez aquello de que en política “los extremos se tocan” por cuanto en esos regímenes tales extremos no existen; tan solo varían los procedimientos para cometer los mismos crímenes y las justificaciones ideológicas para ello, por lo que da lo mismo si el que oprime es un “Benito”, un “Francisco”, un “Marcos”, un “Fidel”, un “Augusto” o un “Tito”: el saldo siempre es muerte e indelebles cicatrices en el alma de los que quedan.

Pero en todo caso, a tan sangrienta onomástica siempre puede anteponerse la de quienes han demostrado con su ejemplo la posibilidad –y conveniencia– de una actuación distinta de aquella que los fanáticos de difusas nociones de “derecha” e “izquierda” le atribuyen a la naturaleza humana.

Así, por ejemplo, si se experimenta la urgente necesidad de devolver todo el contenido estomacal al oír el nombre “Miguel”, hoy arrastrado en un vergonzoso lodazal de barbarie, fuente de ignominia para quienes comparten –o, más bien, compartimos– tan precioso y antiquísimo legado, podría obrar como eficaz bálsamo el solo pensar en algunos de los que sí lo honraron: el Cervantes, el Unamuno, el Pérez Carreño o el Otero Silva –padre de otro “Miguel” que también hace honor a la nominal herencia–.

Igualmente eficaz para contrarrestar tan indeseada reacción, sobre todo ante la mención de ciertos nombres femeninos –que por decoro y caballerosidad me reservo–, podría resultar el pensar, sin necesidad de la coincidencia onomástica, en el “Sofía”, que inmediatamente trae a la memoria a quien Antonio Sánchez García, en su artículo “Sofía cumplió 90” –publicado en El Nacional el mismo día en que me he propuesto escribir estas líneas–, describe como “una periodista tan afamada como osada, dura e intransigente, […], culta y multifacética”, que sin duda siempre será recordada con cariño y gratitud por haberle obsequiado a Venezuela y al mundo un museo que, en palabras del citado Sánchez García, es “producto de su fiereza, su porfía, su extraordinario talento y una capacidad rayana en la genialidad para saber reconocer la excelencia de un arte que exige profundidad intelectual, conocimiento y buen gusto”.

Son estos a los que hay que evocar para exorcizar la oscuridad indisolublemente unida a los nombres de los que por resentimiento, envidia e insania han atentado contra su propia humanidad, rebajándose a una deleznable condición presimiesca.

También sería un antídoto contra la pena infligida por terribles recuerdos el pensar en un nombre hecho obra para el servicio, la enseñanza, la amistad, la comprensión, la inclusión, la dignidad; un nombre que exalta la trascendencia humana y la legitima como objeto de la propia existencia; un nombre para la paz: Jacinto Convit.