• Caracas (Venezuela)

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Colette Capriles

Para entender la universidad

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1. Las universidades no son fábricas de títulos. El corazón de la actividad universitaria es la docencia, la formación del individuo en esa etapa crucial de la vida que es la iniciación a la adultez, es decir, al estar responsablemente en el mundo, con un proyecto personal. Pero eso no es posible sin que las universidades sean también espacios de conservación, discusión y producción del saber. Las sombras que vence la universidad no son sólo las del muchacho que se transforma en ciudadano: también son las de la sociedad a la que tanto acecha la oscuridad.

2. La política del régimen chavista hacia el sistema de educación superior ha sido la misma que en otras áreas claves para la vida nacional: duplicar (uno diría: parodiar) instituciones, convirtiendo institutos tecnológicos en universidades de pésima calidad, con currículos controlados y clientela inerme (incluyo aquí no sólo a estudiantes embaucados, sino a un cuerpo docente tan maltratado como lo es el de las universidades autónomas). El modelo es el de la universidad-zombie, sin voluntad propia: exactamente el negativo del de la autonomía universitaria, que es el concepto central con el que las universidades latinoamericanas se desarrollaron, a partir de los años sesenta, como refugios del pensamiento libre (incluyendo allí el radicalismo de la izquierda insurgente, que era el discurso dominante).

3. Un observador imparcial del proceso venezolano quedaría sumamente perplejo ante lo que el régimen, presuntamente de izquierda, ha venido haciendo con la autonomía universitaria. No podría dejar de notar, al examinar las instituciones oficialistas, que la política parece ser no sólo convertir las universidades en grandes liceos profesionalizadores, sino sobre todo, convertirlas en fábricas de mano de obra barata por exceso de oferta.

4. Con lo cual el sentido profundo de la educación universitaria se desvanece. La deriva estalinista del régimen queda a la vista: se trata siempre de abaratar lo humano. La autonomía es exactamente aquello que se opone a este proyecto.

5. La autonomía universitaria es la condición esencial de la existencia de las universidades. Significa que son las propias instituciones las que debaten y deciden sobre sus programas, sus métodos de evaluación, sus criterios de excelencia, sus mecanismos de toma de decisiones, su gobierno. Pero la estructura de esa autonomía está dictada por los principios republicanos: ninguna universidad autónoma cumple una función que no sea la del bien común. No existe la universidad-para-sí; existe para la sociedad que le da sentido.

6. Además de la duplicidad y el abaratamiento de la dignidad y calidad de las instituciones directamente bajo su control, el Gobierno ha utilizado su poder económico para doblegar sistemáticamente a las universidades autónomas. Los presupuestos universitarios eran, en democracia, el resultado de negociaciones entre el Ejecutivo y las autoridades universitarias. Los salarios docentes y administrativos se acordaban en consulta con gremios y sindicatos. Las insuficiencias se peleaban, se discutían, se exigían. Mientras yo estudiaba en la UCV, no recuerdo prácticamente ningún semestre en el que no se produjeran conflictos de distinta naturaleza. Y eso era precisamente el testimonio del respeto a la autonomía: se reconocía el derecho esencial de las universidades de ser interlocutores para decidir su forma de existencia.

7. Lo que le importa al régimen es robar la dignidad y la autonomía, ese derecho a ser persona. Le importan muy poco los salarios, porque se ha acostumbrado a comprar las voluntades y a reírse, billete en mano, de la virtud y del honor. Hizo una oferta salarial que trata al profesor universitario como empleado de McDonald’s, como un eslabón más de una cadena productiva cuya plusvalía se reserva el Estado, y que no reconoce el valor del trabajo intelectual ni, por supuesto, los méritos profesionales.