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Víctor Rodríguez Cedeño

Éxitos y fracasos, un final infeliz

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Mientras el país está sumergido en una crisis sin precedentes, Nicolás Maduro y su séquito viajan al exterior para buscar la legitimación que no ha podido encontrar dentro, la última vez a Managua para encontrar a los socios “beneficiarios” de Petrocaribe, cuya deuda petrolera supera los 28 millardos de dólares. La “generosidad” revolucionaria es, sin embargo, como todo lo sabemos, insincera y bien calculada. Afianzarse dentro, objetivo principal, requiere un apoyo de fuera que acompañe al régimen en su “lucha antiimperialista” y por “la dignidad de los pueblos”, una farsa constante, cada vez menos efectiva.

En la búsqueda de esa legitimación Maduro ha visitado en una suerte de cruzada a “socios” regionales, hoy por cierto disminuidos, unos por corrupción, otros por ineficiencia, entre ellos a la argentina Kirchner y a la brasileña Rousseff; al uruguayo Mujica, desconectado de la realidad por la que luchó una vez; al poco “comprendido” Evo Morales, quien reina por ausencia; y, por supuesto, a Correa, verdugo de los medios y destructor de la figura del asilo, institución una vez orgullo regional, hoy golpeada por unos y otros, entre ellos Lula, una referencia que hizo historia, cuando facilitó el ingreso irregular del constitucionalmente destituido presidente Zelaya, en clara violación de las normas y principios de Derecho internacional.

En su afán legitimador, Maduro visita también al papa Francisco, de quien recibe la bendición y un mensaje claro: “Paz y estabilidad en el país”; a jefes de gobiernos socialistas, como al francés Hollande, a quien parece importarle poco el respeto de los postulados de la Declaración francesa de 1879, en América Latina, para ofrecer en todas partes, sin escrúpulos, menos en la Santa Sede, por supuesto, negocios y contratos, compra de aviones, construcción de autopistas, refinerías y de tantas otras cosas, en pocas palabras, entrega de la soberanía nacional, por la que tanto dicen rasgarse las vestiduras los “revolucionarios criollos”, para lograr su único objetivo y el de los Castro: perpetuarse en el poder.

Esa gestión exterior, que no es de ninguna manera una política estructurada de Estado, busca además, de lo cual no parecen percatarse los interlocutores extranjeros, esconder la crisis que atraviesa el país que, como todos sabemos, es imposible de resolver, no solamente por la ineficiencia que caracteriza al régimen, a pesar de las “instrucciones” del difunto Chávez que ha llevado a Maduro y al yerno a un alocado y barato gobierno de calle, sino porque la solución de los problemas no está en la agenda del régimen.

La faceta institucional de la crisis es quizás la más grave, aunque ante ellos no parece haber una reacción coherente. Un Tribunal Supremo de Justicia constituido irregularmente, un contralor encargado desde hace dos años, una defensora del pueblo ausente, una Asamblea Nacional paralizada por el totalitarismo de quienes, siendo minoría, resultan la mayoría. En fin, un sistema que no funciona, sino por la vía mediática dentro del latifundio oficial.

Sin ignorar la crisis económica y social, reflejada en las protestas que llenan el país de norte a sur y de este a oeste, destaca la aberrante arremetida contra la academia que busca neutralizar a profesores, estudiantes y trabajadores, con el fin de crear el “hombre nuevo” en universidades sometidas ideológicamente, ante lo cual la respuesta de los venezolanos fue determinante, al lanzarse a la calle para advertirle al régimen que la universidad y la educación son sagradas y que nunca serán entregadas a proyectos fascistas.

El régimen, para resolver esta crisis, montó una mesa de negociaciones “artificial” en la cual estaba ausente el 90% de los interesados. Sólo participarían los designados por el régimen, como acostumbran a hacerlo cuando se trata de negociar las reivindicaciones populares. Pero esta vez la negociación iba más allá de lo salarial; lo que estaba en juego era la autonomía de la universidad y, más allá todavía, la libertad de pensamiento, ante lo cual Calzadilla, haciendo alarde del mayor cinismo, dijo que el acuerdo logrado “es inédito” y que “están haciendo historia”, y no contento con eso afirmó con el mismo grado de cinismo que “las generaciones que vienen recordarán este momento”.

Si fuera el régimen busca apoyo y parece lograrlo con su “generosidad”, dentro lo pierde en medio de la realidad que no es otra que el fracaso y la traición a las aspiraciones de los venezolanos.