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Armando Durán

Maduro: el camino de la guerra

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En la introducción a mi libro en preparación, El sueño de la revolución, resalto que Hugh Thomas, en su ensayo sobre Cuba, señalaba que en enero de 1959 La Habana vivió la aurora de un tiempo nuevo. Sin embargo, ni él ni nadie podía haber presumido que también entonces se iniciaba para todo el continente el principio del fin de un mundo. 

Algunos años antes, Germán Arciniegas había paseado su mirada por la geografía de la región y llegó a la conclusión de que los latinoamericanos de su tiempo estaban condenados a sobrevivir entre la libertad y el miedo. Es decir, en la contradicción existente entre las dos opciones posibles y reales del momento, democracia o dictadura. Despejar esa incógnita era lo único que animaba los sueños revolucionarios del hombre de acción latinoamericano. Derrocar a Trujillo, a Batista, a Somoza, a Pérez Jiménez, a Odría, a Stroessner, y reemplazarlos por gobiernos civiles de origen electoral, con sufragio universal, libertad de prensa y una justicia social retóricamente igualitaria, nunca bien definida, pero que en ningún caso iba más allá de una simple declaración de buenas intenciones republicanas.

¿Quién podía haberse imaginado en aquellos días las traumáticas consecuencias, muchas de ellas irreversibles, que produciría en Cuba y en América Latina el triunfo político y militar de Fidel Castro? En ese momento, incluso la Cuba insurrecta se miraba en el espejo de una contención política que limitaba sus figuraciones a formas de cambio que no trascendieran la esfera de lo permitido por los intereses estratégicos de Estados Unidos. Un conformismo, no obstante, que le concedía a los latinoamericanos el poder pensar en un futuro político diferente, por mediatizado que fuera, pero a fin de cuentas factible. Se entendía que, a cambio de sacrificar proyectos más ambiciosos, este rodeo de prudencia y buena conducta pública permitiría conquistar un destino al menos formalmente democrático para la región.

Con la Revolución cubana todo cambió bruscamente. Si 10 años más tarde, en el París de 1968, la juventud francesa tuvo la romántica audacia de reclamar todo el poder para la imaginación, el triunfo material de la guerra contra Batista ya le había mostrado a la juventud latinoamericana un camino concreto para demoler los muros que la experiencia histórica, el oportunismo de sus élites y la corrupción intelectual de su dirigencia política habían contribuido a levantar como barreras infranqueables de cualquier cambio social medianamente profundo.

El “mal” ejemplo de Fidel Castro, quien muy pronto iba a retar a Estados Unidos hasta con el holocausto nuclear, y la adopción en América Latina de las extremas tesis guevaristas del “foquismo” y de la fuerza incontenible de las condiciones subjetivas con el objeto de quemar en ese atajo heterodoxo largas etapas del proceso revolucionario y acelerar así la toma del poder por la vía fulminante de la lucha armada, incendió desde 1959 la vasta pradera latinoamericana. Aquel dilema con que Arciniegas resumía las angustias de la región en los años cincuenta, democracia o dictadura, pasó a ser de pronto otro, infinitamente más categórico: democracia burguesa o revolución socialista.

En esa nueva encrucijada es que estamos, aunque todavía haya quienes prefieran no darse por enterados, quizá porque piensan que atrás ya han quedado los sobresaltos de la guerrilla rural y urbana, de la guerra sucia y de la Operación Cóndor, de la restauración de la democracia al impagable precio de las recetas del FMI y la crisis de la deuda externa. Sin querer ver que precisamente de esa olla podrida surgió Hugo Chávez el 4 de febrero, aunque luego intuyó que más fructífero que el camino de las armas resultaría emprender una tortuosa y todavía inconclusa circunvalación electoral. Ahora uno tiene la convicción de que Nicolás Maduro, con una actitud menos pragmática y mucho más impaciente por razones ideológicas y más desesperada por culpa de la crisis, mediante una ley habilitante inédita, porque es cien por ciento política, pretende retomar el abandonado camino de la guerra. Para justificarla sirvieron las casi tres horas de su discurso el martes pasado en la AN. Para anunciar que en Venezuela ya no habrá más de lo que se daba, ni dólares baratos ni complicidades con la burguesía. En definitiva, Maduro dixit, el único camino a seguir para que no se pierda la revolución en manos del imperio es el de la guerra de clases que se desató en La Habana hace 64 años. A palo seco y sin cuartel. Y al fin, como diría Chávez, sin medias tintas ni pendejadas. ¿O no?