• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

Está vigente

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Sí, la muerte en plena vigencia.

Puestos ante la computadora en función de escribir un artículo de prensa se suele sentir una cierta intranquilidad, determinada en primer lugar por el deseo de que el texto esté al día con respecto a la realidad que vive el país y asimismo, como tratamiento considerado con el lector, no pecar de repetitivo; pero son pocas las veces en que es evitable que ello suceda, por la trascendencia misma del tema o por las que son llamadas asociaciones mentales, recuerdos que nos asaltan y nos llevan de vuelta a viejos hechos o situaciones.

Tal me ocurre en las circunstancias actuales de esta Venezuela militarizada, con tan altos índices de criminalidad, represión, pobreza, atraso en salud, educación y cultura, voraz saqueo oficial de los bienes de la nación, tratamiento humillante de la población, teniendo por marco un régimen primario y corrupto.

Debo decir que uno de los fenómenos que me es más preocupante es el de las agresiones personales con sus absurdas y brutales cifras de muertes producto de homicidios, y ya la mención de cuándo, dónde y cómo suceden, quiénes los criminales y quiénes las víctimas, nos remiten a numerosas personas, causas y momentos, que conforman patéticos dramas, y si pensamos en país sentimos además vergüenza ante el mundo por nuestra degradación como seres humanos.

Vista la muerte, hoy vigente entre nosotros como hecho, concepto, realidad no sólo semántica por su frecuente nombradía entre familiares dolientes, sino impuesta como consigna chavista (“Patria, socialismo o muerte”) a ser coreada por gente armada y de impune aplicación por los denominados cuerpos de seguridad, y modificada con la exclusión temporal de tal palabra cuando fue noticia el tumor del comandante. La memoria incluye en nuestro continente historias de dictadores militares sembradores de terror y muerte, como lo fue Pérez Jiménez con su Seguridad Nacional y como es hoy, cuando son creados organismos castrenses y se hacen programas de aplicación inmediata como el de militares en la calle, que dicen ser para garantizar la seguridad de quienes no llevamos uniformes ni ostentamos charreteras, y a cambio lo que vemos a diario en las páginas de sucesos de los periódicos son titulares que junto a los crímenes del hampa común nos reportan casos de ciudadanos asesinados a balazos por uniformados de la policía, la Guardia Nacional y otros organismos armados. 

Debemos sumar a lo dicho la crueldad implícita en la actitud del Gobierno, y en particular del Presidente, incluido el ilícito actual, con la servil complicidad del poder al cual competen tales asuntos, decidiendo a quién encarcelar y por cuánto tiempo, sin sentencia ni juicio ni posibilidad de defensa: una evidente condena a muerte por tratarse además de que en dicha arbitrariedad homicida se incluye a personas enfermas y urgidas de atención médica, a las cuales ello les es negado, caso en extremo doloroso de Simonovis. Es la muerte como política de Estado y presos políticos victimados.

También han sido conocidos en nuestro continente buques y comandos transformados en centros de tortura, al frente de los cuales han estado oficiales de alto rango, con pulquérrimos uniformes repletos de condecoraciones. Y hechos también de antaño pero reactualizados o en supuesto estreno: la sacralización de determinados personajes militares, con la proyección de su supuesta religiosidad. Así en 1986 el Ejército de Chile produjo el documento “La Virgen que salvó a Pinochet” e imprimió miles de ejemplares del folleto “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”, a raíz de un atentado contra él. A su vez nuestro caudillo barinés, según cuenta Maduro, está en convivencia y connivencia celestiales con Cristo.