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Gustavo Roosen

Aquí se habla de política

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Venezuela está sufriendo muchas formas de desesperanza. Una de las más peligrosas es, sin duda, la que nace de la pérdida de confianza en la política y los políticos. Son muchos los que atribuyen a la política todos los males. De verla con recelo e indiferencia se ha pasado en muchos casos a excluirla como tema de conversación y tratarla con rechazo e, incluso, repugnancia.

Suelen sobrar los argumentos, comenzando por las formas desfiguradas que ella ha adoptado muchas veces. Pocos vinculan el ejercicio de la política al bien común y al interés general. Son más los que la equiparan a corrupción, mentira, demagogia, ambiciones, juego sucio, búsqueda de provecho individual o partidista, promoción de una cultura del adversario como enemigo y del país como botín.

Estas deformaciones han hecho, desde luego, mucho mal a la democracia. Han generado desconfianza en sus instituciones. Han permitido la entrega del poder a los menos capaces, a los más ambiciosos. Han conducido al cambio de los métodos del diálogo por los de la imposición, de la búsqueda del bien común por el provecho personal. El abandono de la política o su desfiguración ha conducido a las desviaciones de la violencia, el abuso, el caos, la arbitrariedad. La pérdida de calidad y autoridad en los líderes ha dado lugar a la pérdida de su credibilidad y legitimidad y, en consecuencia, al debilitamiento de la gobernabilidad.

Son estas desviaciones las que han dado impulso a una corriente de antipolítica, frente a la cual podría argumentarse que la política está en todo, que es inherente a la vida en sociedad, que su negación solo daría la razón a Arnold Toynbee cuando decía: “El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan”. Sentado el rechazo a una política convertida en arte de la utilidad, la intriga, la corrupción, el desafuero, es preciso afirmar que el desprecio y el abandono de la política producen siempre más males que bienes. “Sembrando antipolítica no cosecharemos democracia”, ha escrito recientemente Luis Ugalde, y tiene razón.

En los momentos que vivimos, es importante rescatar el valor y la dignidad de la política definida por el expresidente checoslovaco Vaclav Havel como: “…Una de las maneras de buscar y lograr un sentido en la vida; una de las maneras de proteger y de servir a este sentido; como moral actuante, como servicio a la verdad, como preocupación por el prójimo, preocupación esencialmente humana, regulada por criterios humanos”. Vista así, lejos de ser un simple ejercicio burocrático, la política recupera su dignidad como instrumento para servir, unificar, dialogar, organizar, construir consensos, progresar como sociedad.

Que la política sea así depende de los ciudadanos, pero sobre todo de los políticos. Desde esta perspectiva, el político –el buen político– es fundamentalmente un servidor de la comunidad, un conductor creíble y honesto, honrosa posición comparable en la entrega a la mejor visión del sacerdocio. Pensar así del político es pensar en alguien dotado de coraje, responsabilidad, pasión, coherencia, honradez, honestidad, vocación de servicio. La función del buen político requiere visión, profunda convicción ética, sensibilidad, iniciativa, capacidad para tomar riesgos y responder a los desafíos cambiantes de la realidad. Del líder político se espera capacidad para representar el proyecto común y construir acuerdos, autoridad moral para promover los valores éticos y lograr el compromiso participativo de la sociedad, preparación para enfrentar la realidad, actitud previsora ante los escenarios de amenazas y oportunidades.

¿Tenemos derecho de aspirar a políticos honestos, creíbles y capaces? La buena política a la que aspiramos no se consigue, desde luego, sino con la participación ciudadana, una participación que no puede reducirse al acto de votar. La mejor política necesita de un ciudadano interesado, crítico, consciente de su responsabilidad, dispuesto a exigir pero, sobre todo, a aportar.