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Antonio Sánchez García

Esperando a Godot o el silencio de los culpables

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Ni Ramos Allup, ni Julio Borges, ni Omar Barboza ni Henrique Capriles nos han explicado una alternativa mejor, más eficaz, más pronta y favorable a los intereses del pueblo que luchar contra la dictadura por todos los medios que la Constitución nos garantiza. ¿Esperar a Godot?

 

A Leopoldo López

 

Hablemos claro: basta un elemental ejercicio de imaginación política para constatar el daño que le causara la oposición oficialista –me refiero, naturalmente a la MUD, única interlocutora manipulable, cómoda y aceptable para el régimen– a los esfuerzos liberadores de la sociedad civil venezolana por zafarse del yugo de la dictadura y enrumbarse hacia la reconquista definitiva de la libertad. Veamos.

Si cuando el gobierno se vio obligado a movilizar sus tropas a la ciudad de San Cristóbal ante la dimensión alcanzada por la insurrección popular y en Mérida, en Trujillo, en Valencia, en Puerto Ordaz, en Caracas e incluso en los pueblos y ciudades bastiones del llaneraje chavista  la indignación popular se había masificado y el enfrentamiento entre la juventud insurgente y la dictadura demostraba su impotencia en controlar los acontecimientos, Henry Ramos, Julio Borges, Omar Barboza y quien coordina su vocería, Ramón Guillermo Aveledo se hubieran sumado a la ola de la indignación democrática y hubieran llamado a sus respectivas militancias a respaldar y ampliar las acciones con la consigna de detener el avance dictatorial y hacer respetar la potencia opositora imponiendo cambios concretos que hicieran irreversible una transición democrática, hoy Venezuela sería otra. No se requiere ser adivino. El mundo hubiera ampliado su denuncia y reclamo contra el régimen, pasando de las élites intelectuales y artísticas de lugares emblemáticos del planeta –los más significativos y populares artistas del mundo– que se adelantaron a denunciar la sevicia fascista de Maduro, a las sociedades enteras. Los gobiernos hubieran tenido que asumir la gravedad de un conflicto que se les escapaba de las manos, la renuncia de Maduro hubiera sido una exigencia lógica y perfectamente posible, que se hubiera escanciado de Nueva York a la Patagonia. El Departamento de Estado, Obama y la Jacobsen no se hubieran escudado en la infamia de considerar que aún no era el momento para exigir el freno a la brutal represión del régimen contra inermes muchachos, en una demostración de violación de los derechos humanos desconocida en América Latina desde los tiempos de las dictaduras militares del Cono Sur, ni nadie les hubiera servido el ominoso pretexto de un diálogo fútil, insustancial y engañoso en bandeja de plata, como lo hicieran los mencionados dirigentes. Y lo esencial: millones y millones de venezolanos se hubieran puesto de pie, en clara demostración de temple, de raza, de grandeza espiritual. Exigiendo justicia. Si la función castradora del diálogo fue evidente desde el momento mismo en que Jaua se la exigiera a sus pares de la Unasur, ¿que motivó a políticos viejos, mañosos y experimentados a prestarse al juego de la traición?

¿Qué razones llevaron a Henrique Capriles y a la MUD a negarles toda solidaridad a los mártires, a los combatientes, a las madres de quienes eran acosados, perseguidos, torturados y asesinados frente a sus casas, en sus propios edificios, en sus apartamentos? ¿Qué decisión política fue tomada y por quién para optar por salvar al régimen de su inexorable caída, dejar en la estacada a un gigantesco movimiento insurreccional y sentarse a una mesa de diálogo con cartas marcadas, azuzados por unos cancilleres encargados a instancias de Raúl Castro, Lula da Silva y el Foro de Sao Paulo para rescatar a Maduro del naufragio y hundir a quienes luchaban por la libertad de la patria de Simón Bolívar, todo lo cual por orden de un cubano que lleva 55 años tiranizando a su pueblo, desestabilizando la región y robándose desde hace 14 años las riquezas de Venezuela? ¿Cuál, si no aislar al movimiento de resistencia y correr a los brazos de los enviados de Fidel Castro para torcerle la mano al pueblo venezolano en uno de los actos de infamia y traición más repulsivos vividos en la historia contemporánea de nuestro país?

No tengo la respuesta. Ninguno de los personajes nombrados ha tenido la cortesía de aclarárnosla. En Venezuela los políticos del establecimiento no suelen perder el tiempo aclarándoles a los ciudadanos qué pretenden, qué planes tienen, cuáles son sus programas, salvo generalidades para captar incautos. Habitualmente promesas traducibles en votos de corto plazo. Como lo hacen permanente y sistemáticamente con sus militancias, dóciles electores a la espera de alguna granjería. Ni Ramos Allup ni Julio Borges nos han explicado la alternativa mejor, más eficaz, más pronta y favorable a los intereses del pueblo venezolano que luchar a brazo partido por salir cuanto antes de la dictadura que nos oprime. Ni muchísimo menos Henrique Capriles, que el lunes denuncia un fraude y el martes reconoce haberse equivocado. ¿Estarán esperando a Godot? ¿Craso y ominoso oportunismo o simple pusilanimidad de quienes no calzan los puntos para dirigir una nación sumida en una profunda crisis histórica, existencial?

No creo pintar un panorama exquisito a gusto de los asesinados y presos políticos. Ni obedezco otro mandato que el de mi conciencia, que no me mueve otro interés que el amor a mi patria, hoy escarnecida. Creo que, en efecto, por razones turbias, oscuras y seguramente ominosas, los dueños de las franquicias políticas que hacen vida en la MUD decidieron seguir y observar pasivamente el curso de los acontecimientos, a la espera de que el sacrificio de los mártires pusiera en aprietos al régimen a ver si pescaban algo en el río revuelto de la sangre de jóvenes venezolanos y de paso desbarrancara a Leopoldo López, a María Corina Machado, a Antonio Ledezma, entre otros, véase: los personajes incómodos que no han estado dispuestos a pasar bajo las horcas caudinas de la dictadura y constituyen una piedra en el zapato de los intentos por unir fuerzas en favor de su entronización. ¿Esperar a las parlamentarias de 2015 o a las presidenciales de 2019, contando con los mismos árbitros y todos estos años de entronización dictatorial? ¿Jugar la carta de una gran coalición siguiendo el consejo de Lula? ¿O creen los señores de la MUD que en estos cinco años el gobierno se estaría chupando el dedo?

De allí a la traición, no hay más que un paso. Son exactamente los motivos que señala Sebastian Haffner para explicar el odio, el asco y la repugnancia que sintieron los alemanes de bien en 1933 que aún se resistían al nazismo frente a la cobardía, la pusilanimidad y la carencia de grandeza de una élite política pervertida hasta los tuétanos. La historia se despliega dialéctica, no mecánicamente. En Alemania, esa traición se tradujo en repugnancia contra los opositores y respaldo a Hitler. No quiero imaginarme qué sucedería en Venezuela si la oposición se echa a dormir mientras el eterno candidato apuesta una vez más por otro fraude descomunal. Con una masa martirizada, reprimida y silenciada.

Se equivoca quien crea en la ilimitada paciencia de un pueblo martirizado. No se equivoca quien espere una reacción potenciada hasta la devastación, cuyas víctimas también podrían ser los culpables del silencio. Así son las cosas.

 

@sangarccs