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Antonio Sánchez García

El socialismo, nuestra tara genética

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El socialismo inherente a la cultura venezolana ha sido el principal obstáculo a la construcción de una Venezuela moderna. El chavismo, su más siniestro y perverso hijo putativo. Un residuo de esclavismo genético a cuya erradicación debiéramos comprometer el resto de nuestras vidas.


“No hay más paraísos que los paraísos perdidos”.

J. L. Borges


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El ciclo vital de una existencia: un latinoamericano que hubiera nacido en 1973, cuando se pusiera fin mediante la intervención de las fuerzas armadas chilenas el experimento socialista liderado por Salvador Allende, y hoy simpatizara con las filas de la izquierda socialista, habría llegado a su madurez sin metabolizar existencialmente ni asumir a plenitud una experiencia que ha espantado las conciencias del siglo transcurrido: el gulag y el Holocausto. Y en mucha mayor cercanía la catastrófica estafa de la imposición del comunismo en Cuba, con resultados pavorosos, imposibles de ser maquillados con cifras estadísticas ni buenos propósitos. Y lo que bordea la tragedia: sin haber llegado a tener plena conciencia del inconcebible trauma que vivieran los chilenos por causa de la porfía en probar de la amarga medicina del marxismo leninismo. Sin otro resultado que la ruindad generalizada.

Así estuviera perfectamente enterado de las tragedias colectivas provocadas por el totalitarismo –jamás han circulado tantos, tan prolijos y tan documentados reportajes sobre los genocidios y matanzas generadas por actuaciones políticas derivadas de las mejores intenciones del siglo XVIII, el Siglo de las Luces y la delirante fascinación por la razón, único monarca sobreviviente al fin del absolutismo monárquico que llegara acompañado de la guillotina accionada por los jacobinos, la deslumbrante filosofía hegeliana y un pequeño folleto que tuviera los efectos más devastadores de la historia: el Manifiesto Comunista. Y en el minucioso e implacable uso del cual esperaron los iluminados de los siglos XIX y XX  poder por fin, tras cientos de miles de años de prehistoria y miles de años de historia, construir con sus manos la sociedad perfecta perseguida por los desterrados del Edén desde los tiempos fundacionales de nuestra cultura. Por fin, la estación final de la caravana: la felicidad total. Incluido, en su versión más zarrapastrosa, un ministerio de la felicidad.

Nadie con una mínima inteligencia y una elemental cultura política ignora los resultados de la implementación de la utopía socialista en el planeta: ruina, muerte y devastación, hambrunas, persecuciones y encarcelamientos masivos, sufrimientos insondables y ríos de sangre. Ante los cuales incluso una monstruosidad aberrante e incomprensible a escala humana como el Holocausto parece de menor cuantía. Ninguna tragedia ha sido difundida de manera más masiva y persistente, mediante el uso de los más deslumbrantes descubrimientos de la ciencia y la tecnología mediáticas como la radio, la televisión, el cine y la red que engloba a miles de millones de seres humanos hasta en los más remotos rincones del planeta. Pese a lo cual, incluso en los países que vivieran tales hechos ominosos y sufrieran en carne propia los abismos de la maldad de sus semejantes, embriagados por una ideología tendencialmente asesina, hacen borrón y cuenta nueva para volver a tropezar con la misma piedra: argentinos, uruguayos, bolivianos, brasileños, chilenos, venezolanos. Provoca recordar la frase acuñada por el comunista italiano Antonio Gramsci en las mazmorras del fascismo mussoliniano: “Solo tú, estupidez, eres eterna”. Y la de uno de los grandes genios de la humanidad, Albert Einstein, cuando afirmaba que solo la estupidez humana podía ser más ilimitada que el universo.


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Las razones de la tenaz porfía de la ideología colectivista que ha pretendido nivelar al sujeto en un cero absoluto de personalidad son comunes a las dos ramas del socialismo totalitario, entroncadas en una misma tradición, así sus pulsiones derivaran hacia un mortal enfrentamiento recíproco: el socialismo hitleriano y el socialismo bolchevique. Para ambas formas de socialismo, el enemigo fundamental a enfrentar, derrotar y exterminar era el liberalismo. Lo que el pensamiento suele denominar la identidad idiosincrática, aquello que no se deja subsumir por el poder avasallante y nivelador del poder totalitario. El último refugio político ideológico del individuo en la era de la masificación universal y lo que Ortega y Gasset llamara “la rebelión de las masas”. Tras del cual late el miedo, el horror a la libertad.

La enemistad mortal con el liberalismo por parte de fascistas y comunistas –las dos caras de una misma moneda– radica en su visceral rechazo a la reivindicación de lo privado frente a lo público, el odio a los derechos del sujeto por mantener una relación personal, estrictamente individual con el Estado y sus instituciones guarnecido en y defendido por la llamada sociedad civil. Responsable en último término de la economía de libre mercado, la propiedad privada y su correlato político, la democracia. Y por ello mismo, la defensa del ámbito individual e intransferible del sujeto como ente definitorio, en último término, de su propia existencia emancipada, su progreso, su prosperidad. Sea en los espacios de la familia, de la empresa, de la reproducción material y espiritual del sujeto. Para el colectivismo estatólatra y dictatorial del nazifascismo y del comunismo, resulta criminal garantizarle al sujeto el dominio de su individualidad por sobre la voluntad invasora del poder, para el cual la política es todo, la vida privada es nada. Y asaltar el Estado para convertirlo en el monstruo devorador de cualquier diferencia específica. De allí el odio racial, religioso, político contra las minorías divergentes.

Es la razón que explica la pugna mortal de comunistas y nazis por hacerse con el control del Estado, desde el cual y solo desde el cual pueden implementar una deconstrucción radical de la sociedad –miles y miles de años de civilización y cultura– para poner fin mediante el brutal uso de la violencia y el terror del Estado a la autonomía del sujeto y el reino de la libertad. Igualar a los hombres bajo la presión del mínimo común múltiplo. Envilecer, empobrecer y aniquilar al individuo. A cualquier precio. Incluso el de la persecución y la destrucción de los grupos y factores diferenciadores, ya fueran políticos, raciales o religiosos. Con un solo propósito: culminar la guerra contra el liberalismo con la proclamación de un espantajo, un zombi, esa criatura frente a la que se preguntaba el judío italiano Primo Levi al mirarse en el espejo luego de escapar del infierno de Auschwitz: Si esto es un hombre. Véalos rastrojeando basura en las derruidas calles de La Habana. Son la prueba viviente del fracaso “del hombre nuevo”.


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Así hayamos necesitado cientos de miles de asesinatos por razones simplemente criminales –un cuarto de millón de seres humanos– y cientos de asesinatos por motivos estrictamente políticos, como los producidos por la brutalidad militar y paramilitar de pistoleros al servicio del régimen en una secuencia cuyo desenlace aún desconocemos, para comprender que la violencia genocida con que el Estado en manos de dictadores socialistas responde a los anhelos libertarios de la ciudadanía es inherente al proyecto socialista de raigambre marxista. Capaz del peor atentado contra la integridad nacional: cooptar a las bandas de hampones asesinos para, en disciplinado acuerdo con las fuerzas represoras del Estado, proceder a reprimir y asesinar a la ciudadanía y así poder ceder el control y la soberanía del país a la tiranía comunista de Cuba.

Que casi a un siglo de instaurado el comunismo en Rusia, 55 años después de instaurado el régimen totalitario cubano y tras 50 años de la derrota de los esfuerzos por implantar un régimen de igual naturaleza en Chile, así como 14 años del mismo propósito en manos de los afanes dictatoriales de la autocracia caudillesca y militarista venezolana, con el saldo de cientos de miles de muertes causadas directa o indirectamente por el régimen hamponil que prohíja a los asesinos y la evaporación de 3 millones de millones de dólares, aún predomine en la región el delirio socialista, expresado en la canallesca mordaza que 22 gobiernos le impusieran al simple derecho de palabra de una representante del pueblo opositor venezolano en lucha por su soberanía democrática en los espacios del principal foro político del hemisferio, demuestra que la grave enfermedad, siempre latente, reincidente o al acecho de hacerse con el poder, de la siniestra ideología marxista leninista, comprobadamente fracasada y responsable de crímenes innombrables, poco importa bajo qué etiquetas y tras cuáles vestiduras, está profundamente enraizada en nuestra conciencia, en nuestra voluntad, en nuestro espíritu, en nuestra carne. Recuerda Vargas Llosa en una reciente reseña de la biografía de Pierre Boncenne sobre el gran pensador francés Jean François Revel (Jean-François Revel. La démocratie libérale à l’épreuve du XXe siecle) su afirmación según la cual el socialismo francés, siempre a la cola del comunismo filosoviético del PCF, había sido un obstáculo insalvable para que Francia se emancipara del yugo ideológico marxista y pudiera abrirse a un socialismo emancipado y liberador, como en Suecia, en Noruega o en Alemania. ¿No cabe afirmar lo mismo del socialismo estatólatra tácito o explícito imperante en el subconsciente político venezolano de adecos y copeyanos y todos sus derivados contemporáneos, principal estorbo para el desarrollo de un socialismo y de un liberalismo verdaderamente emancipados en nuestro país? El socialismo inherente a la cultura venezolana ha sido el principal obstáculo a la construcción de una Venezuela moderna. El chavismo, su más siniestro y perverso hijo putativo.

Darle a una siniestra dictadura la estúpida carta de ciudadanía de una democracia en falencia es la palpable demostración de nuestro perverso socialismo inveterado y nuestra trágica indigencia intelectual. Es un hecho escandaloso que explica las inmensas dificultades que entorpecen nuestra lucha por la libertad. Todavía boicoteada por los socialismos venezolanos de distinto color que se niegan a afrontar la tragedia por temor a la erradicación de sus taras y la pérdida de su participación en el disfrute de la torta gangrenosa de nuestro Estado petrolero. Así como la persistencia del virus del mal que impide la emancipación de nuestra región y su avance hacia el pleno ejercicio de la libertad. Un residuo de esclavismo genético a cuya erradicación debiéramos comprometer el resto de nuestras vidas.

 @sangarccs