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Antonio López Ortega

La muerte del estratega

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La muerte del poeta colombiano Álvaro Mutis (1923-2013), a sus 90 años cumplidos, confirma una tendencia inevitable: la desaparición paulatina de los grandes autores latinoamericanos nacidos en la década de los veinte. Hasta hace pocas décadas, eran presencias muy vivas, pero lentamente entran en el silencio del ocaso mientras sus obras se engrandecen. Lo que el cuerpo va dejando –decrepitud–, el alma lo conquista de otra manera. Y alma para un autor valedero termina siendo su obra, que deja de ser suya para pasar a los otros, sus lectores o auténticos herederos. Un soneto de Quevedo, por ejemplo, deja de ser rápidamente del autor para pasar a la memoria de los hombres, como gustaba de decir a Borges: si en la escala humana hay alguna operación de trascendencia, de abolición de los tiempos, esa operación es la obra artística, que llega siempre para quedarse.

La última visita de Mutis a Venezuela se produjo entre los años 1989 y 1990. Ya no era tan sólo el gran poeta de la lengua, sino también el inventor de Maqroll, el Gaviero. Dio declaraciones, se le hicieron entrevistas, lo llevaron a la televisión, conversó con amigos y se embelesó con las mujeres venezolanas. Era un hombre recatado, sencillo, capaz de hablar con cualquiera. Tenía una curiosidad insondable por el género humano, que lo llevaba de la admiración a la tristeza. No en balde, sus posturas públicas de monárquico o anarquista, no dejaban de ser una provocación para la poca determinación de una humanidad que sentía alicaída. Como todos los grandes poetas de la lengua que pasaban por Caracas, visitar al venezolano Juan Sánchez Peláez era como un rito obligante. En su vieja casa de Altamira, tupida de árboles y ranitas sonoras, “Juanito”, como le decía, lo esperaba en unas poltronas de cuero negro donde campaneaban escoceses hasta altas horas de la noche. Presenciar ese diálogo de colosos, o de duendes, o de niños que se maravillan con el solo aire, era una dicha mayor, deslumbrante, donde la palabra poética todo lo coronaba.

Pero el Mutis que más me interesa, más cerca del poeta que del narrador, es el que nos asomaba con gravedad su cosmovisión quizás más personal: aquélla que lo llevaba a afirmar que la condición humana era una condición sin esperanza, y de alguna manera trágica. La desesperanza, un término que parecía acuñado por él mismo, definía a cabalidad nuestra existencia. Mutis fue escritor de pocos relatos, pero uno de ellos, magistral de principio a fin, se llamó “La muerte del estratega”. Ambientado en el período en que Bizancio sucumbe a la invasión de los persas, un general romano de nombre Alar, el Ilirio, descreído, solitario y pesimista, espera su muerte en las extremidades del Imperio. Ha probado religiones, ha conocido todos los paisajes, ha vivido todas las guerras, ha huido de la burocracia romana recién cristianizada y fanática. Su lema es claro: alejarse, rebajarse, constreñirse. Hasta que un día, por azar o por mandato de sus superiores, conoce a Ana, la Cretense, el único amor real de su vida, y cae prendado, como si la fe le ganara el ánimo. Pocos son los días, sin embargo, que puede convivir con Ana, y al final sólo queda el recuerdo, que es lo que alimenta sus días finales. Alar muere bajo el rigor de una emboscada de arqueros: la primera flecha le atraviesa el costillar y la última el cuello. Mientras muere, mientras la sangre mana y se confunde con la arena, la única imagen que lo mantiene, esta vez de rodillas, es la piel traslúcida de Ana, la Cretense, que dejaba ver sus venas azules como ríos subterráneos.

Tiendo a creer que el verdadero Mutis es Alar, el gran desesperanzado. Si Mutis ha cerrado los ojos es porque también ha visto, en el último suspiro, las venas azules de Ana, la Cretense.