• Caracas (Venezuela)

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Antonio López Ortega

Insalubridad

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En el aeropuerto de Maiquetía, me encuentro a una amiga que viene llegando de Mérida. Cuando descubre que yo voy hacia el destino que ella abandona, me dice: “Toma agua de botellita. No se te ocurra nada más”. Llego a Mérida y compruebo que tengo a varios amigos enfermos: tos, quebrantos, ronqueras. Leo correos de dos amigos de Caracas: ambos están postrados en cama, con fiebre muy alta. En Margarita las virosis no son respiratorias sino de orden digestivo: las infecciones no encuentran por dónde abandonar los cuerpos; cualquier vía es válida. En Maturín, una reportera de noticiero entrevista a una señora sentada en el porche de su casa: “¿Usted se lava las manos para evitar el contagio del AH1N1?”. La señora la mira con sorpresa y le replica: “Pero, hija, con qué agua nos vamos a lavar si a Maturín no llega agua”. En otro noticiero un médico reclama por equipos; en otro, enfermeras hacen asambleas; en otro, es la sala de emergencias del Pérez de León: la danza de los abaleados de cada fin de semana.

La insalubridad adquiere voces mayores: laboratorios no tienen cómo importar medicinas; se prohíben las leches maternas; escasea el papel sanitario. Cargamentos completos de medicamentos regulados van a parar a la frontera colombiana. Pensemos en la aventura de entrar a un baño público; pensemos en la basura acumulada en cualquier recodo; pensemos en los escombros tirados en las áreas más verdes. El grafiti que todo lo corroe; el muralismo patriotero ensuciando cualquier visión; las piedras que sólo pueden estar pintadas de blanco para el urbanista de ocasión. Y nuestras propias maneras, claro: las botellas que arrojamos por las ventanillas; todo lo que desechamos para afectar a los otros; la basura que dejamos tirada en cualquier playa después de encontrarla limpia.

La insalubridad escala posiciones y está en el lenguaje público, también en el oficial. El Presidente insulta, los ministros mienten, los diputados injurian. La grosería, la vulgaridad, están en nuestro lenguaje, son ya casi un sello de marca, de distinción. Buenas y malas palabras, decía el maestro Rosenblat, pero ahora nos hemos quedado sólo con las malas. Si para las abuelas que se nos han ido, las palabras eran el espejo del alma, ¿cuál puede ser el color de las nuestras: marrón de fetidez? Estaba saliendo de una panadería cuando, desde una camioneta negra de vidrios ahumados, una señora descendía con su niña de seis años y la obligaba a orinar en la cuneta de la calle: la niña en cuclillas miraba a los curiosos con pena. Y qué decir de los caballeros que en cualquier calle, atajo, esquina, parada, antojo, desaguan sus esfínteres: hay quienes, incluso, les da por el exhibicionismo.

La insalubridad va de lo orgánico a lo inorgánico, de lo privado a lo público, del cuerpo al alma, de la sensibilidad a la (sin)razón. Todo lo cubre, todo lo embota. Es una lenta marea negra, que sólo sabe de pleamar. Sube y sube, y todo lo empoza, hasta el sentido. Porque nadie intuye que nos estemos hundiendo: más bien es la norma acatada, sostenida. Puercos contentos en su chiquero. Sonreímos, claro, mientras enfermamos. Quien sufre de la peste no sabe que la peste está instalada, no sabe que es víctima. Un país sin futuro, un país putrefacto, un país sin deudos. Quizás las moscas sean nuestro único sentido de la extrañeza. A menos que las moscas, sin saberlo, sean ya nosotros mismos, amantes de la inmundicia.