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Antonio López Ortega

Los inmortales

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Por coincidencias más que felices, estuve en Dublin los días en que Irlanda enterraba a su gran poeta Seamus Heany, premio Nobel de Literatura en 1995. Curiosa manera de ver cómo una ciudad entera velaba al maestro en una ceremonia que ha debido durar unos tres días. En los pubs los televisores mostraban escenas de duelo, en la antesala de los partidos de fútbol se recitaban sus poemas, en las calles se repartían volantes con sus versos, en el cemento de las aceras se tallaban sus palabras. Un dolor embargaba a la ciudad, es cierto, pero también los transeúntes celebraban a un ciudadano inmortal, cuyo legado no abandonará esas plazas, esos parques, esas calles donde en bancos diversos se han sentado James Joyce u Oscar Wilde. ¿Por qué en ciertas culturas o ciudades los grandes escritores son seres mayores y por qué en otras se les olvida o desprecia? Creo que en ese elemento diferenciador radica la distancia siempre abismal entre civilización y barbarie.

Junto a los escritores y académicos Carlos Pacheco y Miguel Gomes, en 2010, tuve la oportunidad de publicar La vasta brevedad, un compendio de cuento venezolano del siglo XX. Nos costó dos años husmear y repasar la vida de unos ochenta venezolanos que se dedicaron a cultivar el cuento como un arte mayor. En esos destinos que se suponen luminosos encontrábamos suicidios, presidios, persecuciones políticas, enfermedades, miseria o, sencillamente, olvido. Ciudadanos integrales, que entregaban su espíritu a la creación, eran despreciados por su país, como si el país no pudiera tener más luces que las de los fogonazos de los fusiles o que las de los insultos altisonantes. Y sin embargo, aún conscientes de ese desconocimiento, esos cuentistas no cesaban de escribir, casi insomnes, como si lo que entendían por obra legada no estuviese en su presente sino en el muy hipotético futuro, cuando un país que esperaban más radiante al fin emergiera de las tropelías o la anarquía.

casi insomnes  cesaban de escriuescriubir, to es que entregabhan revedad, un compendio de cuento venezolano del siglo XX  Pero la espera quizás ha sido demasiado larga, porque en los albores del siglo XXI este país luce más desmadrado que nunca, descoyuntado podríamos decir, como una nave de los locos. La imagen, sin duda, es buena para una fábula, que cualquiera de estos cuentistas hubiera podido escribir, pero nunca para el ensayo republicano en el que estamos desde 1830, acercándonos ya a un bicentenario donde apenas las cuatro décadas de recuperación democrática (1958-1998) lucen como nuestros mejores asomos civilizatorios.

Pareciera entonces que a los cuentistas de hoy, por no decir a los intelectuales y artistas de toda estirpe, les toca emular a sus próximos antepasados: no esperar nada de este ensayo torvo y mísero que se dice llamar “república bolivariana” sino alguna aurora de civilidad que secretamente añoramos desde los tiempos del doctor José María Vargas. No dejar de escribir, de pintar, de crear o de danzar sigue siendo una apuesta al futuro, al futuro que no termina de llegar, pero que adivinamos lo suficientemente digno como para que las muertes de Juan Sánchez Peláez o Eugenio Montejo, parientes secretos de Seamus Heany, merezcan al menos un obituario público.

Los venezolanos que se debaten hoy entre robos, secuestros, crímenes, desfalcos o el simple botín del poder, como puercos en el fango, ignoran que las glorias no son suyas, efímeros mortales, sino de los inmortales que ya reseñaba Jorge Luis Borges en su recordado relato. Los herederos de Homero siguen muy vivos, a la espera de que la escoria sea arrastrada por los vientos de cambio y soñando que en las ciudades de la república futura los poetas merezcan al menos santa sepultura.