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Antonio López Ortega

Recuerdo de Elena

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En agosto de 1996, Elena Poniatowska llegaba por una semana a Caracas. Había sido seleccionada miembro del jurado del Premio Rómulo Gallegos junto con el novelista argentino Mempo Giardinelli (ganador de la convocatoria anterior), el crítico peruano Julio Ortega, el también novelista español Luis Goytisolo y quien esto escribe, el único representante venezolano que hacía las veces de coordinador y anfitrión. En los acogedores espacios del hotel Ávila –salones de reunión, terraza de la piscina, cuartos de hotel–, los cinco jurados discutimos, deliberamos y finalmente fallamos el premio. Lo ganaba Javier Marías con Mañana en la batalla piensa en mí, una novela que sin duda relanzaba y recolocaba el compromiso del premio en la senda de la renovación formal. Marías era apenas la proa de una embarcación que recuperaba con Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas o Fernando Vallejo uno de los mejores momentos del premio.

Durante su semana caraqueña, pude ver a Elena en todo su esplendor: firme cuando exponía sus argumentos, dulce cuando se los rebatía a un colega, sonriente cuando se quería ganar una opinión, curiosa hasta lo indecible, y siempre sensible ante cualquier circunstancia. En los desayunos, cafés vespertinos o paseos, yo reconocía a una mujer sencilla, humilde, llana en su expresión, con un oído pegado a la tierra y unos ojos que se encandilaban cuando buscaban el cielo. Su veta periodística podía más que todas sus contenciones y siempre salía a la caza del más nimio detalle. Ahora que lo rememoro, fueron muchas más sus preguntas hacia mí que las mías hacia ella. En las cartas de los años postreros o en los correos que nos intercambiábamos, el detalle familiar, la pregunta por una mascota o la curiosidad por mis libros o escritos ocupaban sus líneas con genuino interés, como si el centro de su vida siempre fuera el otro y no la escritora que acaba de ganar el Premio Cervantes.

En agosto de 2007, once años después, Elena volvía a Caracas, pero ya no en plan de jurado o visitante, sino como la flamante ganadora del Premio Rómulo Gallegos con su novela El tren pasa primero. Recuerdo haberla llamado a México para felicitarla apenas se supo el veredicto. La zozobra de los micrófonos acechantes y el bullicio que se escuchaba al fondo de su voz no impidieron que le transmitiera mis felicitaciones. Pero en medio de mis preguntas, que ella nunca contestó, tuvo tiempo para repreguntarme por los míos o por mis últimas ediciones. ¡Elena incorregible!, pensé antes de colgar el auricular. Sus últimas palabras fueron: “Te llamo sin falta en Caracas”.

Pero la Caracas de 2011 no era la Caracas de 1996, como tampoco el país. Ninguna de las llamadas que le hice al rebautizado hotel Hilton, ninguna de las que le hice al Celarg, fueron contestadas. Me temo, incluso, que nunca le dieron mis recados. El mismo día de la premiación, después de sumar pesquisas para averiguar el teléfono celular de su guía, una joven que nunca me reveló su nombre, rogué para que me la pusieran al teléfono: “Antonio, querido, he preguntado por ti desde que llegué, pero me han dicho que no estás, que andas de viaje”, me dijo entre el bullicio que la envolvía al llegar al Celarg. “Te han mentido, Elena. He estado aquí todo el tiempo”, alcancé a decirle. “Ay, Antonio, no puede ser. Qué lástima me da todo esto”, fueron sus últimas palabras antes de pasarme de nuevo con la guía. Quise ripostarle a la joven sin esperanzas: “Señorita, quién ha dicho que yo no estoy en el país”, pero de seguidas quedaba el latido acelerado del teléfono como un hilo ciego.

No fui a la premiación, no escuché su discurso, no aprecié el encendido juego floral que coronaba su cabellera breve. Sólo recuerdo a la joven, a la guía, a la mujer que no tiene nombre.