• Caracas (Venezuela)

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Antonio López Ortega

Emprendedores

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Me he quedado con una imagen de fin de semana: haber degustado los delicados manjares del restaurante La Cacerola en La Asunción, donde no sólo cocinan y reciben comensales sino también imparten clases para formar chefs: sus cursos son intensivos y en nueves meses gradúan a por lo menos doce profesionales del fogón. Una pareja de empresarios treintañeros, oriundos de Caracas, llevan más de diez años en esta tarea. A pocas cuadras de allí, también desde hace varios años, el conocido Sumito Estévez regenta otra escuela de cocina: son conocidos los cineforos donde se proyectan películas memorables que se recuerdan por la preparación de al menos un gran plato. El reto está en prepararlo luego para saborearlo como si fuéramos un personaje más de la película. ¿Son estas iniciativas hechos aislados? Definitivamente no. Son más bien secuelas o cuentas de un rosario que no cesa de crecer. Apenas en 2012, el Festival Margarita Gourmet mantuvo durante todo un mes una programación que involucró a cocineros, restaurantes, conferencistas, talleres, foros de discusión, ventas de utensilios y hasta celebraciones populares como el Festival del Mejillón (Manzanillo) y el Festival del Mondeque (Taguantar).

Pero así como nos referimos a cocina, también nos podríamos referir a cultivo de hortalizas, a talleres de artesanía, a escuela de artes marciales, a clubes de lectura. Por debajo o en paralelo al país en estado crítico, extraviado, incongruente, iniciativas sociales de distinto cuño afloran por doquier, generalmente auspiciadas por héroes anónimos, por maestros devotos, por organizaciones no gubernamentales o por empresas con programas sociales. En un recodo del Orinoco, la empresa francesa Total enseña prácticas financieras sin la necesidad de circulante; en el centro del casco colonial de Petare, la Fundación Bigott gradúa a jóvenes alumnos como excelsos instrumentistas de la tradición musical; en las adyacencias de Conejeros, la empresa Sigo mantiene un seminario de emprendedores que se renueva todos los años; y a nivel nacional, en una escala más ambiciosa, Banesco mantiene otro programa de emprendedores que en 5 años quiere graduar a 50.000 candidatos.

Este tejido social, casi invisible, se mantiene y crece a pesar de la degradación del entorno. Es la Venezuela que puja, que marca una ruta distinta a la enfermedad, a la droga, al embarazo precoz, al asesinato cotidiano. Es la Venezuela modélica que se maneja con indicadores de gestión y sabe que tiene recursos limitados. El día en que esta fuerza complementaria –exigida o convocada por un Estado responsable, eficiente y visionario– pueda unir esfuerzos bajo políticas públicas claras y ambiciosas, la sociedad venezolana ya será indetenible y contará con una inspiración y una resolución capaces de arrinconar los males a cifras cada vez menos significativas. Esa necesaria concordia, que deje la división muy atrás, está a la vuelta de la esquina si los propósitos y las miras logran un consenso nada difícil de alcanzar.

En cada rincón del país hay emprendedores: de distinta talla, fuero, alcance, propósito. Ese tejido que va sumando sentido conforma la verdadera palanca social del país. Basta unificar esfuerzos, asignar roles, siempre dentro de políticas públicas abarcantes, para que la marcha hacia el porvenir sea una sola, sin tropiezos. Ni las camarillas, ni los grupetes, ni los intereses de unos pocos, ni los malos gobiernos, pueden obstaculizar el ritmo de una sociedad que sólo aspira a tener más bienestar, más futuro, más conciencia. El avance republicano va por otros rieles y no por las vías divergentes que nos quieren convencer de que hay venezolanos de un color y de otro.

Un mejillón o un mondeque, piénsese bien, pueden encerrar el futuro que sólo los ciegos o insensatos se niegan a ver o sentir.