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Francisco Suniaga

El problema de la ignorancia

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Al morir Juan Pablo Pérez Alfonso, los periodistas entrevistaron a varias personalidades del país para que, como es usual, opinaran sobre la vida y obra de tan ilustre venezolano. Entre ellos a Rómulo Betancourt, su amigo y compañero, quien citó para enaltecerlo una curiosa conversación que sostuvieran el 18 de octubre de 1945. Refirió Betancourt que en las primeras horas de esa mañana llamó a Pérez Alfonso y le pidió que fuese a Miraflores para designarlo ministro de Fomento. La respuesta no pudo ser más reveladora de las prioridades de un hombre extraordinario: “Rómulo, pero yo no puedo ir para allá ahora porque entonces no hay quien lleve a los muchachos a la escuela”.

La anécdota me parece excepcional porque muestra al pater familias, que coloca la educación como un objetivo fundamental de la vida. A partir de 1959, gracias a venezolanos como Pérez Alfonso, el Estado democrático abrió a los venezolanos las oportunidades para acceder a una educación de calidad. Muchos las aprovecharon y otros, la mayoría, para nuestro pesar, no. Tengo la intuición de que entre quienes no lo hicieron, en muy buena medida, privó el hecho de no haber tenido unos padres que le dieran a la educación el valor transformador y la importancia que tiene.

La ignorancia, su antítesis, es una deficiencia importantísima en un individuo y suele condenarlo a la pobreza material y/o espiritual. Esa condición alcanza niveles trágicos cuando el ignorante tiene la responsabilidad de tomar decisiones que afectan la vida de otros. Tragedia que se ha repetido en nuestra historia porque desde la Independencia hasta ahora los venezolanos hemos sido víctima de élites políticas caracterizadas no solo por su ignorancia sino por ser además propiciadoras de ella. Baste como ejemplo decir que al morir Gómez en Venezuela había menos maestros y escuelas que en la época de Guzmán.

Con el desarrollo de la democracia en los 40 años entre 1959 y 1999, gracias a la educación masificada, fue evidente que la élite gobernante que se alternó en el poder contaba con gente formada y con experiencia en las diversas áreas del Gobierno. El contraste con la actual élite chavista es asimétrico y, en cuanto a sus consecuencias, desolador para el país. Comenzando por su líder, quien todavía le debe al país la explicación de por qué habiendo crecido frente a la UCV no se atrevió a cruzar el Paseo Los Ilustres y formarse en ella.

Las decisiones que toma este gobierno, por tal razón, están severamente afectadas por su grandísima ignorancia. Incluso las que imponen a punta de bayonetas, como los recientes saqueos de comercios ordenados y organizados desde el llamado “comando político-militar de la revolución”, tienen esa impronta; parafraseando al poeta Pérez Bonalde, son demasiado ignorantes para ser tiranos.

Claro que el ser ignorantes no es obstáculo para que sean al mismo tiempo extraordinariamente hábiles para mantenerse aferrados al poder. Por el contrario, los ha ayudado. Comenzando por la ignorancia propia, que los hace viles y desalmados en política, y concluyendo con la propiciada en millones de venezolanos, a quienes lo mejor que le han ofrecido son programas escolares chimbos (según la señora Hansen los escribió el propio Chávez) y una universidad (la Bolivariana) que es el alma máter de “un pueblo ignorante instrumento ciego de su propia destrucción”.

La ignorancia no solo es un problema cognitivo sino además valorativo. La ética, como casi todo, se aprende. La tolerancia política, el respeto a los derechos humanos, la aceptación y reconocimiento de las minorías políticas, el respeto a la disidencia, la necesidad de cumplir con las pautas del Derecho, la ley y las normas de la convivencia social también se aprenden. Carecer de esos valores es quizás la peor forma de ser ignorantes y de eso la élite chavista abusa. A estas alturas, con el control que ejercen sobre todas las instituciones y la inmoralidad con la que manejan el poder (ignorancia valorativa), no se puede saber hasta cuándo podrán mantenerse en él. No cabe duda de que preferirían ver a Venezuela destruida por su barbarie antes que abandonar sus privilegios.

Los opositores, por su parte, aun cuando los han resistido con heroísmo, no cuentan con muchos medios para enfrentarlos, salvo aquellos que se derivan del ejercicio democrático restringido ya al mínimo. Uno de ellos, el más eficaz, es el voto en los procesos electorales, como el del próximo 8-D. Razón por la cual, y perdonen la insistencia en el tema, es un deber que va más allá de la supervivencia salir a votar masiva y militantemente por los candidatos de la unidad en esa fecha.