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Leopoldo Tablante

Los disfraces de la ausencia

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Escribo esta columna en un café de concurrencia alternativa situado en la esquina de la calle Racecon Magazine, en Nueva Orleans. Una balada country trata de sobreponerse a los roces de un viejo aire acondicionado y de tres ventiladores de techo. Las paredes están pintadas de naranja y los encargados del negocio son una pareja blanca, eficiente y pasivo-agresiva. Su elocuencia reside en los tatuajes que les brincan del pellejo. Me sonrío: es el setting perfecto para una película ganadora del Festival de Sundance.

Un grupo de estudiantes de la Universidad de Tulane me da una lección de democracia. Gracias a la ubicuidad de Google Docs editan el texto de solicitud de financiamiento de un proyecto educativo para una escuela comunitaria. Son tres chicas, dos blancas y una negra, calzadas con sandalias Havaianas o con suecos de enfermera marca Dansko. La chica negra tiene un cuerpo poderoso pero espigado gracias al yoga, además de un afro explosivo, a lo Macy Gray. Porta una barrera que la protege contra hombres promedio: sus axilas mullidas, al natural, hacen las veces de cerco eléctrico.

Los clientes trabajan conectados a Internet o zambullidos en gruesos libros de texto que pueden costar doscientos dólares o más. Los estilos son variopintos, no siempre eclécticos porque el descuido a veces supera la intención: pies descalzos de uñas y plantas renegridas, shorts deportivos de spandex, jeans tres tallas superiores a las dimensiones de su portador (las ligas de los calzones fuera de la pretina), camisetas agujereadas o chorreadas de café o té, bohemias disfrazadas de poetas de los años cincuenta, calcetines blancos, sneakers agujereados, corbatas lengua de vaca de poliéster, camisas a cuadros azules, rosados y rojos –el distintivo hipster por excelencia– o alguna camiseta impresa con una imagen o frase necia, consciente o arbitraria (dibujos de tres scottish terrier; alguna frase provocadora: “Yo ni siquiera saquearía en Wal-Mart”). La primera enmienda de la Constitución –la que tiene que ver con la libertad de expresión– convertida en modelos prêt-à-porter.

Los cafés son el terminal del aislamiento, virtual o libresco, de los clientes. Por eso la apariencia personal es lo de menos. En Americanah, la novela que dedicó a su propio shock cultural en Estados Unidos, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie señala: “Cuando se trata de bien vestir, la cultura estadounidense está tan satisfecha de sí misma que no solo desestima la cortesía de la apariencia personal, sino que ha transformado esa dejadez en una virtud: ‘Somos demasiado superiores/ estamos demasiado ocupados/ somos tan cool/ desprejuiciados como para preocuparnos por cómo lucimos”.

Recuerdo personajes de película: el Tom Waits de sombrero fedora, pantalones a cuadros y zapatos puntiagudos de Down by Law; el Vincent Gallo vestido de denim gris que, luego de salir de la cárcel, secuestra una chica que hace pasar por su novia en Buffalo 66; la Michelle Williams en shorts y franelilla, con su viejo auto accidentado y su perra extraviada en Wendy and Lucy. Personajes que tienen una identidad sólida caracterizada por la tenacidad de una única muda de ropa y por las caóticas trepidaciones de una vida marginal en la que hay poca agua y poco jabón.

La individualidad es una forma de anonimato que alimenta una rugosa y masiva puesta en escena.

Hace algún tiempo reencontré a un amigo venezolano expatriado. De haber sido el aventurero a quien le llovían las mujeres en los años ochenta –cuando la sala Mata de Coco se convertía en discoteca durante los fines de semana–, acabó calvo, gordo y asimétrico. Vive arrimado en Connecticut y tiene veintidós años que no regresa a Caracas. Su desarraigo se desprende de una resignación adquirida ante una madurez maltrecha. También de la pereza que le producen los criterios del decoro en su tierra natal. “A nadie escandalizo por aquí arriba”, me dijo conforme. “Hay tantos como yo que mi única posibilidad es perderme de vista”. Después de todo, el anonimato, aparte de ser un alivio, es una forma de respeto.