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Aníbal Romero

China y la geopolítica

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En un memorándum redactado en 1907, el analista del Ministerio del Exterior británico Eyre Crowe aseveró que: “La creciente voluntad alemana de jugar un mayor y más dominante papel a escala global podría llevarle a disminuir el poder de sus rivales, aumentar el suyo extendiendo su influencia, afectar la cooperación con otros Estados y finalmente fragmentar y suplantar al imperio británico”. La devastadora guerra de 1914-1918, que acabó con varios imperios y asestó un golpe brutal a Europa, se debió en buena medida a la voluntad alemana de labrarse lo que el káiser y sus militares denominaban “un lugar bajo el sol”, introduciendo un factor de competencia geopolítica que desestabilizó los equilibrios existentes. Para los ingleses, la aspiración alemana de igualarles en poderío naval y la posibilidad cierta de que Alemania controlase el continente europeo dispararon las alarmas. La Rusia zarista también percibió una severa amenaza, al igual que una Francia en desventaja económica y demográfica. Al final, como casi siempre ocurre, un incidente limitado aunque no trivial ocurrido en Sarajevo hizo estallar el potencial de conflicto acumulado, demoliendo el edificio de una paz de cien años.

Veinticuatro siglos antes, en su insuperable Historia de la guerra del Peloponeso, Tucídides había argumentado que la causa fundamental de esa conflagración, que se extendió por treinta años y puso fin al imperio ateniense, fue el temor de Esparta ante el aumento del poder de Atenas en los tiempos de Pericles. Para los espartanos, la fuerza de Atenas empezaba a asomarse en el horizonte como una pesadilla que debía ser conjurada a tiempo, pues de lo contrario terminaría por imponerse sobre sus vecinos y controlar irreversiblemente la Grecia clásica.

Sobre estos y otros ejemplos traigo a colación la frase de Kissinger: “La historia enseña por analogía, no por identidad”. Es decir, no hay dos situaciones históricas idénticas, pero sí algunas que presentan importantes similitudes por encima de los tiempos y espacios en que han acontecido, y es por ello que nos resulta viable aprender de la historia.

El actual ascenso geopolítico de China, la evidente voluntad de sus líderes de hacer valer a escala mundial el peso demográfico, el crecimiento económico y el poderío militar del país, y el decidido apoyo que tales objetivos encuentran en sectores significativos de la sociedad, constituyen el factor más relevante en el actual contexto estratégico y sugiere muy diversas conjeturas acerca de su probable desarrollo. Si bien Estados Unidos sigue preservando unas bases materiales superiores a la de su nuevo rival, el poder no son sólo “cosas”, no son únicamente portaviones, tanques y soldados; el poder es una relación en la que intervienen ingredientes psicológicos muchas veces cruciales. En ese plano, el de la psicología del poder, Washington se encuentra en una posición de desventaja relativa, pues procura sostener un statu quo asediado por todos lados; entretanto, China se cuela gradualmente por las grietas.

No podemos adivinar qué caminos tomará el ajuste de China a su nuevo papel global. El mayor reto, como ocurrió con Alemania y Atenas previamente, no deriva en primera instancia del impacto de China sobre Estados Unidos sino sobre vecinos cercanos, como Japón y Rusia, sin olvidar el complejo y peligroso caso coreano. Fueron crisis en pequeños países como Serbia y en islas griegas como Corcira las que detonaron la Primera Guerra Mundial y la guerra del Peloponeso. Para Estados Unidos y China la relación bilateral tampoco existe en un vacío.