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Karl Krispin

Happy Aristóteles

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Entre tantas instituciones decretadas para la felicidad como el reciente viceministerio, sus creadores olvidaron recordar el parentesco de su gozoso origen. No cabe duda de que todo engendro administrativo de nuestro gobierno se traduce en una dichosa aceptación por parte de los administrados: basta ver la cara de alegría de quienes hacen entusiasmadas colas para conseguir los bienes de la cesta básica. Qué decir cuando llegan al producto y se apenan en tomarlo cediéndolo amistosamente a las otras personas. Venezuela es pura felicidad hace más de catorce años: por ello resulta un contrasentido la creación del viceministerio si hemos sido tan bienaventurados en estos años revolucionarios.

El Libertador Simón Bolívar nos dice en el Discurso de Angostura que “el sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible”. Pero el concepto no lo inventó don Simón: lo toma de Aristóteles. Y citemos su obra mayúscula, La política, para comprobarlo: “El objeto del Estado es la felicidad de la existencia; todas las instituciones tienen por objeto la felicidad”. Pero se pregunta Aristóteles: “Nos falta ver si la felicidad del individuo es o no es la misma del Estado... Todos los que hacen consistir la felicidad del individuo en la riqueza, declaran asimismo que el Estado es feliz cuando es rico; los que estiman sobre todo el poder tiránico, dirán que el Estado más feliz es el que tiene dominios y más súbditos; si se estima al hombre por la virtud personal, se dirá también que el Estado más virtuoso es el más feliz”.

Luego de leer esto, vemos que el Estado se convierte en un reflejo de lo que son sus ciudadanos (no en balde Locke y la Ilustración rescribirán que “la ley es la expresión de la voluntad general”) y que la verdadera felicidad es una creación individual que termina definiendo al Estado y no al revés. Puntualiza Aristóteles: “El mejor gobierno será aquel cuya constitución permita que cada ciudadano pueda ser virtuoso y vivir feliz”. Y aquí no hay más que declararse aristotélico, nunca platónico, atención. Los utopistas son gente muy poco recomendable y de escalofriante prontuario. Lo que el filósofo nos quiere hacer ver es que el gobierno debe crear las condiciones favorables pero serán sus ciudadanos quienes se procuren a sí mismos la felicidad. Con lo cual quedan desechados profetas de secta, camisas rojas y prometedores de paraísos.

Es tal la influencia de Aristóteles en Bolívar que expresa también en Angostura: “La felicidad consiste en la práctica de la virtud”. Y obviamente nuestro Simón aristotélico cree en la virtud individual, producto del respeto a la ley y lo recalca en 1819. A las pruebas me remito: “Yo os recomiendo esta Constitución popular, la división y el equilibrio de los poderes, la libertad civil, como la más digna de servir de modelo a cuantos aspiran al goce de los derechos del hombre y a toda la felicidad política que es compatible con nuestra frágil naturaleza”. De modo que la felicidad (política), suprema o no, se deriva de la libertad civil y de la virtud de sus ciudadanos. No corresponde a los gobiernos promulgar la felicidad: mucho menos burocratizarla. Los gobiernos de la auténtica felicidad ostentan la división y el equilibrio de los poderes y la libertad de los ciudadanos. De modo que el viceministro gaceteado poco hará por hacernos felices siendo el apéndice de un ogro filantrópico que dicta los preceptos para una nación de pensamiento único, ordenando desde arriba sonreír para la foto y poco ganado a la idea de controlar su mismo poder.

Lástima que nuestros gobernantes no sepan leer a Bolívar y de Aristóteles ni hablemos. La lucidez y su realismo son acontecimientos muy poco frecuentes en estos días de felicidad.