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Sergio Dahbar

El país de las mujeres

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Ciertas noticias pertenecen al inescrutable país de las mujeres. Me refiero a ejecutivas que han ascendido en su carrera profesional, muy a pesar de prejuicios, estereotipos y mala leche. Y también a una empresaria que se ha despedido, aun cuando se esperaba que diera mucho más.

Ángela Ahrendts entró en el Olimpo de Steve Jobs: hasta hace muy poco era la consejera delegada de la empresa de moda británica Burberry. Fue captada por Tim Cook como vicepresidente senior de Apple. Es la primera mujer en ingresar al consejo directivo.

Ahrendts tiene 53 años y es una adicta a la Coca-Cola light. Toda su vida ha estado relacionada con marcas para mujeres: Liz Claiborne y Donna Karan. Se encargará de la dirección estratégica, la expansión y la renovación de las tiendas.

El ascenso de Ahrendts se parece al de Sheryl Sandberg, flamante directora de operaciones de Facebook. Escribió un libro que se ha convertido en un megaéxito de ventas. Vayamos adelante (Lean In, 2013). Vale la pena leerlo.

Tanto Ahrendts como Sanberg han llegado a la cúspide de sus carreras, pero ambas reconocen que el recorrido ha estado plagado de ripios. Un estudio resaltó recientemente que en California solo 13 de las 400 empresas más grandes poseen a una mujer como consejera delegada.

En el tercer capítulo de su libro, Sanberg relata lo tortuoso que es para una mujer ascender en la carrera profesional. “Es como atravesar un campo minado con tacones de aguja”. Allí narra el famoso ejercicio de Harvard conocido como Heidi o Howard.

Lo llevaron a cabo dos profesores de las universidades de Columbia y Nueva York. Le entregaron a la mitad de sus alumnos el caso de una empresaria exitosa, Heidi Roizen. A la otra mitad le cambiaron el nombre Heidi por Howard.

Después consultaron sus impresiones. Quienes recibieron el caso Howard consideraron que éste era un ejecutivo atractivo que se perdía de vista. A Heidi en cambio la encontraron egoísta, problemática para la empresa.

Sandberg utiliza este ejemplo para llamar la atención sobre los prejuicios que sobreviven aún hoy, en 2013. Una mujer no puede disfrutar su éxito profesional si desea ser percibida por los demás como simpática. “El mundo parece preguntarnos por qué somos como Heidi y no como Howard”.

Lo que sienten hoy Sandberg y Ahrendts lo sintió hace muchos años atrás y más Rosalía Mera, una de las mujeres más ricas del mundo y de España, cofundadora con Amancio Ortega del emporio español Zara. Murió el 15 de agosto pasado y su fortuna ascendía a 4.700 millones de euros.

Fue una mujer impresionante, hecha a pulso en una época muy dura de la España franquista. Hija de obreros del barrio de Monte Alto, en A Coruña, quienes a duras penas pudieron pagar su educación primaria. Mera aprendió a coser cuando era una niña.

Conoció a Amancio Ortega porque ambos trabajaban en dos tiendas de renombre, La Maja y Gala, líderes en el vestir de A Coruña. Fueron recaderos, costureros y más tarde dependientes. Aprendieron el negocio.

Así empezaron y después vino el éxito, la familia, la expansión… En 1986 hubo un punto de inflexión. Inesperadamente surgió el divorcio. Mera dejó atrás Inditex, decidió acompañar más a su hijo con parálisis cerebral, se psicoanalizó y estudió magisterio. Construyó otra persona.

En su segunda oportunidad, Mera creó la Fundación Paideia Galiza. Desde esa plataforma apoyó la causa de los discapacitados, pero también a personas comunes que comenzaron a ganarse el Gordo de la Lotería y se volvían locos.

Invirtió su fortuna en sectores hoteleros, energías renovables, tecnologías informáticas, sociedades de inversión mobiliaria en capital variable, farmacéuticas que trabajaban en anticancerígenos experimentales, y desarrollos para mejorar las comarcas del sur de A Coruña.

“Los orígenes mandan’’, repetía, cuando deseaba aclarar que por más dinero que tuviera en sus arcas nunca olvidó el pueblo de Monte Alto donde sus padres se rompieron las manos y las espaldas para darle de comer con dignidad.

Lo impresionante de Rosalía Mera es que compendió que el dinero acumulado tiene sentido para hacerle mejor la vida a los demás. En eso creía a los 69 años, cuando un derrame cerebral llegó en forma de mareo a anunciarle que la función había terminado.