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Ramón Hernández

Tachirenses y poder

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En la Guerra Federal el estado Táchira sirvió de refugio a las familias que huían de los horrores que cometían las bandas sanguinarias que se apoderaron de Barinas y de Apure, y que entonces constituían el estado Zamora. Los hombres del “Iluminado Espinoza” tenían órdenes de matar a cogotazos a los blancos y a todo el que supiera leer y escribir.
El fuego era el destino de las casas que se atravesaran en el camino de este personaje siniestro.

Pero las andanzas de tan sanguinario ejército de más de mil analfabetos, semidesnudos y con las armas más disímiles no traspasaban más allá de lo que hoy es la población de Abejales. No solo por las características geográficas de la región, sino también por la disciplina y el carácter de sus habitantes. Eran imposibles de someter.

Los andinos son gente disciplinada, trabajadora y estudiosa, muy aguerrida. No les gusta bajar la cabeza cuando la razón y el respeto los acompaña, aunque a veces su cortesía y sus modales pueden confundir a algún atorrante desprevenido. Tampoco les ha sido ajena la ambición de poder. Ahí está como ejemplo Cipriano Castro, que con 60 hombres y su compadre Juan Vicente como estratega y administrador se apoderó del poder y gobernó a su antojo. Desde entonces, por un buen trecho del siglo XX, el país quedó en manos de hombre del Táchira. Castro y Gómez, juntos y por separado, dominaron desde 1899 hasta 1935.Sus sustitutos, con algunas intermitencias, también fueron andinos: Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, Marcos Pérez Jiménez­, Carlos Andrés Pérez y Ramón J. Velásquez.

Durante el proceso que se cumplió para reformar el Estado y descentralizar el país, los gochos fueron los más convencidos de la necesidad de darles a las regiones más responsabilidades políticas y económicas, más autonomía administrativa.

Contra todo cálculo, también han sido andinos algunos de los que en el siglo XXI han pretendido desnucar la democracia. No vale la pena nombrarlos, que carguen con su vergüenza, pero sin duda ha sido el estado Táchira el más asediado, estructural y vivencialmente, desde que se instauró el régimen de la “revolución bonita”, que transformó la vida en supervivencia: en saltos para echar gasolina y en colas interminables para obtener unos pocos alimentos, además de secuestros y extorsiones por la guerrilla colombiana. Se ha subestimado al tachirense y todo tiene su límite. Alquilo barricada aún caliente por el ruido de los aviones Sukhoi.