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Alberto Soria

¿Comprar para almacenar?

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Contra la inflación y la escasez ¿es de sabios invertir en muchos vinos? Quienes pueden y logran hacerlo, dicen que sí. Los economistas tienen su visión. Y como ésta no es única, es mejor preguntarles por separado.

Pero desde el mundo del vino lo tienen claro: sostienen que sí. Y también que no.

I

Comprar para guardar como un tesoro tiene sus ventajas y una dificultad: el vino es un producto perecedero. Vive y muere en la botella. Por lo general, sin emitir ninguna señal externa visible de haber superado su tiempo de degustación óptima. De eso sólo lo salva el conocimiento que el comprador tenga de la añada/clima, el productor, la uva, la región y el método de guarda.

Comprar botellas de bebidas fermentadas no es similar a comprar destilados como whisky o coñac. En los destilados, la edad se interrumpe cuando el líquido abandona la barrica para ser embotellado. En el mundo agrícola del vino, salvo para una minoría de botellas provenientes de terruños específicos, por su estructura (originada en viñedo/ terroir/ añada/ método de envejecimiento) éstas podrían vivir muchos más que sus similares. No todos los años, sino algunos en cada década.

Más claro: el vino es viticultura, no numismática ni filatelia.

Comprar para almacenar sin objetivo visible de uso es diferente de comprar por adelantado. Hace más de un siglo, en zonas vitivinícolas como Burdeos, Borgoña y también Oporto los productores venden “en Primeur” a inversionistas ansiosos de atesorar gangas. Es una modalidad de colocar vinos aún en barrica a quienes apuesten por la calidad de evolución futura.

II

Un riesgo adicional a la compra adelantada a la necesidad de consumo es hacerlo guiado por la publicidad y alabanzas que, en lenguaje críptico y a la vez grandilocuente, está en boga.

Mauricio Wiesenthal, escritor, profesor, enólogo, ilustraba así el fenómeno: “Una de las experiencias más penosas es ver cómo alguien se esfuerza en utilizar el léxico especializado del vino sin conocerlo, sin sentirlo”.

“¿Cuál es su calificación?”, me preguntaron en cierta ocasión en un tribunal de examen de unos sommeliers. Me daba pena ser duro con aquel buen muchacho que se había aprendido tenazmente el léxico de la cata y manejaba colores, reflejos, aromas y sabores con un desconcierto total y una angustia terrible en su rostro. Por fin me atreví a emitir mi diagnóstico: “Habla el esperanto como un nativo”.