• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Armando Durán

Violencia y crisis institucional

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

“La oposición en el Parlamento –declaró furiosa Iris Varela– se merecía sus coñazos”. Una visión de las relaciones humanas reducida al acto primitivo y brutal de reprimir al otro. También la forma más salvaje de abordar desde el poder político la vida como negación.

Varela se refería, por supuesto, al lamentable espectáculo orquestado el martes 30 de abril en la Asamblea Nacional. No era la primera vez que los “honorables” diputados se iban a las manos, pero esta vez fue otra cosa. En lugar de presenciar el súbito estallido de irritación individual de algún parlamentario alucinado por lo que sea, esta vez Venezuela fue testigo de una calculada acción de la bancada chavista contra la de la oposición. Violencia cuyo origen se halla en la crisis política desatada por las dudas sobre el resultado electoral del 14 de abril, acentuada de pronto en la AN por la negativa de Diosdado Cabello a concederles su derecho de palabra a los diputados de la oposición hasta que ellos acepten, sin chistar, las cuestionadas cuentas del CNE.

Según la reiterada versión oficial de los hechos, la oposición acudió al Palacio Federal Legislativo con el criminal propósito de provocar con pitos y trompetas actos de violencia que al día siguiente, Primero de Mayo, debían culminar en sangrientos disturbios callejeros. El propio Nicolás Maduro, en entrevista exclusiva concedida al diario francés Le Monde, señaló que la oposición tenía la intención de asaltar ese día “la marcha chavista y enfrentar pueblo contra pueblo, y así Estados Unidos y el presidente Barack Obama intervendrían en Venezuela”. Un razonamiento político restringido a conceptos tan sorprendentemente simplistas que dan pena ajena, pero que responde a una implacable estrategia comunicacional encaminada a generar una matriz de opinión potencialmente explosiva.

En este sentido, indicó Maduro en su encuentro con el diario francés, en Venezuela no puede hablarse de polarización. Lo que sucede es que el pueblo venezolano está activado para defender su revolución de la conspiración fascista. Visto desde esta perspectiva distorsionada, desconocer el resultado electoral y pedir una revisión ciudadana del 100% de las urnas, las actas y los cuadernos de votación componen una pretensión anticonstitucional y golpista. En consecuencia, el pueblo revolucionario, con sus dirigentes a la cabeza, tienen el deber de reaccionar (activarse) contra los enemigos de la patria.

Se trata de un sofisma cuyo objetivo es suplir la políticamente costosa ausencia de Hugo Chávez con el expediente de la violencia verbal y hasta física, encaminadas a inhibir a la oposición y eliminar los mecanismos institucionales que deben regular la vida social de los ciudadanos, el famoso pacto de Rousseau, fundamento filosófico de la Revolución Francesa y del régimen democrático desde entonces. Culpar al otro (“el infierno son los otros”, sostendría Sartre en algunas de sus obras), que en el caso venezolano equivale a culpar del crimen a la víctima, es la manera más radical de limitar, incluso de exterminar, la vida natural del hombre con la excusa de que la represión es la única herramienta civilizadora de la sociedad. ¿Interpretación chavista de aquel gendarme necesario de nuestro pasado político? Para Marcuse, uno de los principales teóricos del movimiento contracultural en Estados Unidos durante los años sesenta, este afán represivo sencillamente es la negación de lo “erótico”, es decir, Iris, de la vida, y el triunfo indeseable de la muerte, tanatos, como desbordamiento de un oscuro instinto de destrucción.

Esta nueva realidad comienza a darle forma a un desalentador futuro social en Venezuela, caracterizado por una escalada de violencia que anula toda posibilidad de diálogo y entendimiento entre las partes, último camino abierto a los venezolanos para no caer en la trampa de una irreversible espiral de confrontación violenta y muerte. Por otra parte, el desmantelamiento de la Asamblea Nacional como escenario plural de la política venezolana provocaría el fin de lo poquísimo de democracia representativa que aún le queda al régimen. Sin duda, una catástrofe institucional que marcaría el comienzo de un período muchísimo más drástico y extremista, el de los “coñazos” de Varela. Rescatar la opción del diálogo contra viento y marea es el último suspiro que le queda a la democracia en Venezuela. Una opción muy remota, sin embargo, porque primero, de eso nos ocuparemos la semana que viene, habría que resolver la grave crisis de credibilidad que afecta a Maduro y a su gobierno.