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Heinz Sonntag

¿Somos todos enemigos?

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En las discusiones sobre la relación entre Estado y sociedad a comienzos del siglo XIX se establecía una polémica sobre la particularidad de lo político. Para algunos autores el Estado era cualitativamente diferente de la sociedad y expresaba algo más universal que la misma. Para otros el Estado con una constitución liberal era la realización y la expresión de la democracia; esto es, la sociedad en la que el poder deja de ser absoluto y se convierte en la participación de todos los ciudadanos en el manejo de las distintas esferas de la sociedad: la económica, la jurídica y la cultural. Este tipo de Estado es superior a la sociedad y por ello puede considerarse como una institución universal. Esto implica que el Estado, si bien es una organización más dentro de la sociedad, tiene un carácter específico y superior que las otras manifestaciones de lo social como la economía, la cultura y las otras instituciones societales.

Carl Schmitt intenta, en las primeras décadas del siglo XX, aclarar la esencia de lo político. Para él, la superioridad del Estado respecto de la sociedad es un error. Insiste en que la determinación de lo político puede hacerse solamente mediante el descubrimiento y la fijación de las categorías políticas específicas. Con esto niega implícitamente la unidad de Estado y sociedad: lo político tiene sus criterios que se realizan independientemente de otras áreas del pensar y actuar humanos, especialmente lo ético-moral, lo estético y lo económico. Por ello, lo político debe derivarse de las diferencias hacia las cuales todo actuar político en su sentido específico debe diferenciarse de lo social en el sentido amplio. “Supongamos que en el campo de lo moral las diferencias últimas son lo bueno y lo malo; en lo estético, lo bello y lo feo, y en lo económico, lo útil y lo nocivo. Entonces surge la cuestión de si aparte de estas diferencias existen otras que no son iguales ni análogas sino independientes y como tales específicos de lo político. La diferencia específicamente política por la cual hay que medir las actuaciones y motivos políticos es la diferencia de amigo y enemigo. Esta da la determinación de un concepto en el sentido de un criterio, no como definición completa o indicación del contenido. Como no está deducible de otros criterios se corresponde para lo político a los criterios relativamente autónomos de otras contradicciones: bueno y malo en lo moral, bello y feo en lo estético, etc., de todas maneras la diferencia es independiente, no en el sentido de una nueva área sino en el modo en que no puede ser ni razonada ni deducida de las otras contradicciones. Si la contradicción de lo malo y lo bueno no es automáticamente idéntica con la de bello y feo o la de útil y nocivo, entonces la contradicción de amigo y enemigo no puede ser confundida ni mezclada con aquellas otras contradicciones. La diferencia entre amigo y enemigo tiene el sentido de apuntar al grado extremo de intensidad de una combinación separación de una asociación o disociación. El enemigo político no tiene que ser moralmente malo ni estéticamente feo. No tiene que presentarse como competidor económico y a veces puede parecer ventajoso hacer negocios con él. Es simplemente el otro y es suficiente para su característica que representa en un sentido particularmente intensivo existencialmente algo distinto y ajeno, de modo que hay la posibilidad de conflicto con el que no pueden resolverse por ninguna norma ni ningún juicio de un tercero”.

Esta definición es la que le ha servido especialmente al totalitarismo nacionalsocialista alemán, pero está presente también n el comunismo soviético y el fascismo italiano. Para retornar a la situación en la que vivimos los venezolanos desde hace quince años, es menester indagar en las expresiones ideológicas del chavismo y especialmente del madurismo-chavismo. La confrontación con el enemigo ha sido una característica presente prácticamente desde la instalación del proyecto de la revolución bolivariana y del socialismo del siglo XXI. Como esa confrontación es esencial a este proyecto, es muy difícil pensar en la posibilidad de un diálogo o de otra forma de cooperación. Quiero decir que una diferencia tan tajante en su intensidad y tan larga en el tiempo provoca la tan lamentable división de los venezolanos en dos campos diferentes e irreconciliables mientras que los que gobiernan insisten en diferenciarnos como enemigos.

No estoy sugiriendo que los que estamos con la alternativa democrática montemos ahora un pensamiento y un discurso impregnados por la posición de Carl Schmitt. Sigo pensando que tenemos que seguir la vía que hasta ahora hemos llevado. Tal vez el totalitarismo que estamos viviendo no dure cien años, de acuerdo con el refrán: “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. El cuerpo somos todos.