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Pedro Conde

El misterio de América

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Lucio Anneo Séneca, el gran filósofo, escritor y político, maestro, primero, y ministro, después, del emperador Nerón, escribió su famosa tragedia Medea en la que hace decir a uno de sus personajes esta frase profética: “Vendrán en los tardos años del mundo ciertos tiempos, en los cuales el mar océano aflojará los atamientos de las cosas y se abrirá una tierra inmensa: y un nuevo marinero, como aquel que fue guía de Jasón (el jefe de los argonautas) descubrirá un nuevo mundo. Ya no será entonces la isla Thule (hoy Islandia) la postrera de la Tierra”.

Después de 1.500 años, Cristóbal Colón, ya viejo, se sintió estremecido al leer este texto latino del siglo I y, viendo reflejada en esa frase su formidable epopeya, y sintiéndose él mismo retratado, profetizado, en ese “marinero que descubrirá un Nuevo Mundo” tradujo el texto al castellano, tal como acabo de citarlo.

Colón, muy achacoso, que creía haber hallado el paraíso terrenal en la desembocadura del Orinoco, se consideraba un hombre predestinado por Dios para culminar la hazaña. Hasta su nombre “Cristóbal”, el titán que llevó al niño Dios sobre las aguas, le parecía una premonición. Profecías como la de Séneca, opiniones de filósofos, recuerdos perdidos en la noche de los tiempos de otros viajes y transformados en leyendas, coadyuvaban poderosamente a ello.

Porque es de saber que, tanto en la Edad Antigua como en la Media, existían en los espíritus privilegiados una suerte de añoranza, de presentimiento, por un continente anhelado, bien que desconocido. La Tierra no estaba completa sin él. Nuestro globo era como un gran rompecabezas al que le faltaba una de sus piezas más importantes que se suponía “en las regiones opuestas del occidente”, según Ramón Llull, el filósofo balear. ¿No es sorprendente leer esto en un hombre del siglo XIII?

Lo que hoy llamamos América, el continente intuido por la Antigüedad, es en la Divina comedia, en el canto XXVI de “El Infierno” donde adquiere una realidad casi plástica. Dante, conducido de la mano por el espíritu de Virgilio, a través del cielo, el purgatorio y el infierno, conversa aquí con muchos condenados. Muy lejos queda la puerta del Averno con su famoso cartel: “Pierdan toda esperanza de salir todos los que entraron aquí”, cuando súbitamente descubren a Ulises, héroe legendario de la Odisea. Al verle, Dante tuvo la curiosidad de averiguar por qué se encontraba allí este famoso personaje. Por mediación de Virgilio le pregunta “dónde fue a morir llevado de su valor” y contestó: “Me lancé por el abierto mar solo con un navío y con pocos compañeros, quienes se habían vuelto viejos cuando llegamos a la estrecha garganta donde plantó Hércules las dos columnas para que ningún hombre pasara más adelante. Oh, hermanos, les dije, ya que tan poco os resta de vida no os neguéis a conocer el mundo sin habitantes que se encuentra siguiendo la ruta del sol. Y volviendo la proa hacia occidente hicimos alas de nuestros remos para seguir el viaje, inclinándonos hacia la izquierda”.

“Cinco veces –continúa Ulises– se había encendido y apagado la luz de la Luna desde que entramos en aquel gran mar, cuando apareció una montaña oscurecida por la distancia”. Es asombroso que nadie haya caído en la cuenta de que la descripción de la tierra a la que llegan tras este viaje no es otra que América. La dirección que toman a la izquierda apunta hacia las guayanas. La duración del periplo fue de cinco lunas. La de Colón de tres. ¿No es sorprendente que Dante intuyera cinco lunas para una nave más lenta por más que alardearan haber hecho alas de sus remos?

Después de Cristo, Colón es el hombre más famoso del mundo al descubrir el continente que hoy es el “apoderado” de la humanidad por su biodiversidad y significación geopolítica. Al pedestal de Plaza Venezuela debería restituirse su estatua derribada por ignorancia. Culpar a otros de nuestras vicisitudes dificulta buscar y encontrar soluciones.