• Caracas (Venezuela)

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Alicia Freilich

Inmaduros y descabellados

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El título de este escrito implica “buenas y malas palabras”, que, tal como enseñó el profesor Ángel Rosenblat (bendito su recuerdo), son sabio lenguaje popular producto de la realidad. La frase puede escucharse en todos los tonos, gritada desde el callejero burlón hasta el susurro analítico en salas y pasillos universitarios.

Los partidos políticos forjadores de la moderna democracia representativa venezolana fueron resultado de largos y difíciles años en la clandestinidad, el exilio, cárceles y torturas. Incluido un Partido Comunista de cuerpo criollo pero finalmente excluido del Pacto de Puntofijo por su ciega obediencia a la Internacional estalinista. Eso permitió cuarenta años de progreso desde un capitalismo liberal resistiendo continuos intentos golpistas, y, como todo experimento inicial, un supremo esfuerzo de logro y error sujeto a cambios totales o parciales por norma constitucional republicana.

Esa cadena de reformas configura un proceso ignorado durante muchas décadas por nuevas generaciones, mal o nunca educadas en conceptos libertarios, que hoy coronan recibiendo una Constitución Nacional con el rostro de Hugo Chávez en su portada. 5 millones de ejemplares distribuidos con el patrocinio de una secta personalista del propio fundador del Partido Socialista Unido de Venezuela, un pacto cuyo punto fijo no es el nombre casual de una quinta, como fue aquel de 1958, sino el de las izquierdas locales fracasadas, en o fuera de la subversión armada, que sin criterio ni formación mínima, oportunistas de asalto al poder absoluto, se ligan por 3 lustros dedicados a violar en forma sistemática precisamente ese texto fundacional de la coexistencia sociopolítica en las naciones civilizadas, el que posibilitó su acceso al Gobierno desde elecciones no fraudulentas como sí han sido las siguientes hasta abril 14 de 2013. Hoy repartido para manipular su esencia en aulas-jaulas y justificar su ineficaz, ilegítimo y corrupto capitalismo de Estado castrense.

Con nuevos nombres para viejas taras, ahora sus fichas rojas dominan las ex instituciones de base: Fuerzas Armadas hoy descabelladas por un militarismo, también oportunista, mercenario y de muy cuestionable formación profesional; Consejo Supremo Electoral, Congreso Nacional y Corte Suprema de Justicia, hoy inmaduras y serviles al castrocubanismo.

Constituciones aparte, el PSUV desgobierna por inspiración de los padrecitos Mao, Stalin y Fidel y su jefe endógeno, golpista de vocación primaria disfrazado de corbata y paltó para la ocasión electoral de 1999, a fondo su rey-dios-líder-comandante sumiso al chulo, criminal y embrutecedor régimen cubano al que, sin el menor escrúpulo, llaman de dignidad revolucionaria.

En cambio, el duro proceso de enmienda legal sí fue toda una sacrificada epopeya civil de alzas y bajas, victorias y derrotas a lo largo de doscientos años, como lo demuestra Rafael Arráiz Lucca en sus estudios históricos de la nación contemporánea, y más en lo puntual, desde su reciente Las constituciones de Venezuela, 1811-1999 (Editorial Alfa, 2012). Volumen que, éste sí, en ediciones populares de bolsillo, ya debería ser manual básico y consultivo del país pedagógico, primero para maestros y profesores, luego adaptado a varios niveles de la formación civilista en escuelas, liceos, todo instituto educacional público y privado.

Es la primera piedra para refundar una república civil. Asignatura muy pendiente. ¿Ilusoria? ¿Misión imposible? ¿Habrá quien lo patrocine?

De usted, de nosotros depende.