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Alicia Freilich

Esto según la Lerner

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En 1999, al filo de la calamidad que aún padecemos, este país del olvido recordó el original talento de Elisa Lerner y le otorgó el Premio Nacional de Literatura. Por fin se reconocía con enorme respeto su labor literaria de 40 años iniciada con el monólogo Una entrevista de prensa o la bella de inteligencia puesta en escena el año 60. Los ensayos de Una sonrisa detrás de la metáfora (69), la pieza teatral Vida con mamá (75) y sus crónicas en Yo amo a Columbo (1979) son muestras de un oficio tenaz, intenso y extenso bien centrado en la reflexión sobre la Venezuela profunda, un tesoro de 9 títulos y decenas de textos dispersos en revistas y periódicos. Si se pudiera copiar su conversa improvisada en visitas, eventos, por teléfono y correos digitales, tendríamos, además, un importante manual del pensar a fondo sobre la extraña mezcla de espíritu libertario con inmadurez política que nos caracteriza desde su estilo elegante repleto del más fino sarcasmo.

Ahora, debo pedirle a esta escritora que me disculpe por la primera mirada tan superficial que hice a su décimo libro, la novela De muerte lenta, publicada en 2006 por Bigott/Equinoccio USB, que 7 años después, en una relectura calmada, consciente y muy dolorosa desde el entorno sociopolítico en su peor y definitiva crisis, adquiere su plenitud y total proyección.

Y es porque la trama anecdótica de esta densa narrativa con rótulo novelístico pero de difícil por demás innecesaria etiqueta de género, transcurre en el breve período del golpe militar que en 1948 derrocó al presidente Rómulo Gallegos tras nueve meses de gobierno democrático constitucionalmente elegido y los efectos que ese fatal episodio marcaron en sus protagonistas, las generaciones siguientes y el transcurrir nacional hasta hoy. Aquí, el novelista, escritor, héroe civil, pedagogo, es doblemente patético, porque la realidad le impone sufrir en carne propia la barbarie de los sargentos tantas veces magníficamente descrita en su obra de ficción. Su figura, los testigos que lo evocan nostálgicamente y el tesista que indaga, pasan a un plano secundario porque el protagonismo de esta historia radica en un crónico modo de ser, en la ambigua atmósfera entrecruzada de impotencia, infantilismo en la percepción moral, resignación y dolor, esa fusión enfermiza todavía no resuelta, mixtura que conduce a la conducta de banal pasividad con estallidos reactivos ocasionales pero inacción al fin, lesiva, y cuyas consecuencias sufrimos en la actualidad, porque se trata de un suicidio moroso, lento, el de la frágil democracia conquistada con tanta dificultad y maltratada con frívola facilidad.

En Venezuela se ha escrito y se publica sin pausa mucho material, serios análisis sobre esto que nos pasó y sigue pasando frente al militarismo. Pero que yo recuerde, y me corrigen, por favor, esa enfermedad cíclica, dolencia de “la efímera ilusión galleguiana” incrustada en la tradición histórica, por primera vez, y esa valentía para afrontarlo es buen síntoma de aspirar a la salud, adquiere categoría literaria de personaje central en una prosa poética de calibre mayor, capaz de alcanzar la llaga más honda sin sangrados ni heridas lacerantes, signo personalísimo, intransferible, de la Lerner.