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Alexis Alzuru

Maduro en su laberinto

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Nicolás Maduro está acorralado por sus convicciones. Son sus creencias las que destrozan su mandato aun cuando responsabilice a los manifestantes. Por ejemplo, sigue considerado que quienes ejercen el poder todo lo pueden. En su opinión, los gobernantes están autorizados para desgraciar la existencia de los ciudadanos sin recibir a cambio siquiera un reclamo. Por supuesto, cree que las palabras del presidente y no las de los ciudadanos son la que construyen la convivencia. Supone que el Estado es el que ordena la vida en sociedad, con independencia de los deseos y pensamientos de la población. Incluso, entiende que son los funcionarios quienes deben elegir y racionar los bienes y alimentos que consume la gente. Juzga que los gustos y las preferencias de la población requieren modificarse. Por eso, solicita a sus diputados que definan lo que se debe trasmitir en la TV, noticieros y cines. Está persuadido de que su obligación es prohibir las ideas que no comprende. Lo cual explica su afán por amenazar y censurar a los medios. Al pensamiento libre le tiene fobia. De allí que no le tiembla el pulso cuando interviene teléfonos, correos o espía la privacidad de sus amigos y enemigos.

Nicolás Maduro insiste en decir que administrar el poder es ejercer la violencia. Además, defiende con terquedad que la política se reduce a conseguir el poder sin importar el precio. En su criterio los asuntos relacionados con el bienestar de la sociedad están relegados a otros planos. Esa visión es lo que explica que haya montado en un fogón el buen vivir de los venezolanos. Sin embargo, los hechos le están demostrando que su razonamiento es equivocado. Sobre todo, las recientes protestas deberían enseñarle que los dirigentes pueden terminar arruinados por sus prejuicios.

El presidente tiene algún tiempo para examinar lo ocurrido y no terminar como un loco atrapado por sus desvaríos. Por eso, debería aceptar que su invitación al diálogo cayó en el vacío. En momentos en los que las familias ni siquiera cuentan con gas doméstico y los militares y paramilitares matan por la espalda a quienes protestan, teorizar sobre la paz es una estupidez. La gente quiere calidad y garantías de vida, no conferencias. El presidente debería despertar de su sueño cubano y darse cuenta de que las calamidades cotidianas y la actitud cínica de su gobierno le están cerrando las pocas ventanas que aún le quedan.

Nicolás Maduro se está quedando solo. Su deslegitimación va de la mano con la destrucción de la buena vida. Cada anaquel vacío es un hueco más que se acumula a los muchos que ya tiene su perforada autoridad. Sin embargo, el presidente no comprende que su apego a la seudofilosofía cubana del poder lo está expulsando de la jefatura del Estado. Sus ideas son sus enemigos, no una sociedad que lucha por su bienestar. Por cierto, los amigos de Nicolás Maduro comulgan con los postulados cubanos. Esa cúpula con la que se reparte el gobierno está convencida de que la política es conquistar el poder utilizando cualquier medio. Por eso, no resulta extraño que sus aliados sean quienes lo azuzan para que desafíe la paciencia del pueblo y su suerte. Después de todo, sus compañeros comparten con él la tesis según la cual la traición vale oro cuando se trata de alcanzar el poder. 

El presidente está siendo derrocado por su visión de la política. Sus maestros cubanos le enseñaron que una vez que se llega a la cumbre el esfuerzo hay que concentrarlo en mantenerse el mayor tiempo posible. Por eso, desde que llegó a Miraflores Nicolás Maduro se ha ocupado del comadreo en el palacio, antes que del bienestar colectivo. Su tiempo lo ha invertido en cuidarse de Diosdado Cabello, de algunos militares golpistas y de tantos otros que fueron adoctrinados con los mismos principios cubanos. Pero mientras ha pretendido protegerse de los hermanos que le sacan la alfombra en sus narices, se ha quedado aislado. En su extravío sigue sin entender que el buen vivir del pueblo es el límite de la política y no las intrigas.

 

*Profesor UCV