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Sergio Dahbar

El negociador

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Cuando los países viven realidades extraordinarias surgen oficios inusitados. En una época en Irán se pusieron de moda los que destruían estatuas del sha. También surgieron los que las reconstruían. Y en Lima hubo toda una legión de reparadores de ventanas destruidas por las bombas de Sendero Luminoso.

He recordado estas curiosas mutaciones de la realidad al releer el magnífico libro del periodista de The New York Times Craig Whitney, Traficantes de espías. Es una obra de referencia para entender uno de los aspectos más sombríos y curiosos de la Guerra Fría: el intercambio de espías y la negociación de personas que deseaban huir de la Alemania comunista. También sirve para entender diferentes aspectos de la vida política de cualquier época.

Todo lo que cuenta Whitney es verdad, pero parece una novela de espionaje de las mejores. En su momento fue celebrada por el maestro de todos los espías, John Le Carré. Lo notable de Whitney es la cantidad de fuentes y entrevistas directas consultadas, que realizó para escribir este libro y que están debidamente referenciadas al final del volumen.

El libro de Whitney se centra en un hombre que se llamaba Wolfgang Vogel (murió en 2008), quien poseía un despacho de abogados en Alemania Oriental, no hablaba inglés ni ruso, nunca visitó Estados Unidos ni la Unión Soviética, y apenas conocía los hechos que rodearon la detención de muchos de los espías que ayudó a liberar.

Este desconocimiento fue un buen inicio para comenzar la operación desde cero, informándose luego sobre las entrañas del espionaje internacional, sobre las leyes de los diferentes países involucrados, y sobre la hipocresía esencial de los gobiernos que solicitaban justicia cuando en realidad jugaban con la política de la Guerra Fría sin importarles las víctimas de sus maniobras.

El Muro de Berlín sobrevivió 28 años y reguló la salida de alemanes, a través de trámites engorrosos que desembocaban en corrupción, y que involucraban a la siniestra policía secreta del régimen comunista, Stasi. Wolfgang Vogel le encontró un sentido a su vida: hubiera podido ser gris y, sin embargo, rozó el humanitarismo.

Las iglesias católicas luteranas comenzaron a trabajar para ayudar a las familias que buscaban reencontrarse en el extranjero: los feligreses conseguían dinero para pagar a la Stasi los permisos de traslado.

Vogel fue un hombre respetado por las autoridades de las dos Alemanias, pero también por funcionarios de Estados Unidos y la Unión Soviética: era silencioso y metódico, y nunca ofrecía lo que no podía dar. Entre 1964 y 1990 se contabilizó la liberación de 33.755 presos políticos y 215.019 casos de reunificación familiar.

Todo tenía que ver con el poderoso caballero don dinero, como casi siempre ocurre en la historia de la humanidad. Alemania Oriental necesitaba esos ingresos, Alemania Occidental estaba dispuesta a pagar las cifras exigidas, y la Iglesia Luterana era un canal de comunicación excelente para transacciones que involucraban a seres humanos.  

En 28 años se movieron 3.437 millones de marcos alemanes (1.000 millones de dólares) para comprar la libertad de 300.000 personas que habían cometido el pecado de disentir.

En 1989 el muro se derrumbó y este negocio llegó a su fin. La casta dirigente de Alemania Oriental sucumbió con el presidente Honecker a la cabeza. En ese momento Wolfgang Vogel cayó en desgracia.

Comenzaron a surgir acusaciones. Los honorarios profesionales, por las negociaciones y los canjes, fueron considerados enriquecimiento ilícito; las ventas de bienes que aconsejó realizar para salir más rápido del asfixiante régimen comunista, fueron tomadas como estafas o extorsión.

Vogel no pudo separarse del bloque socialista (donde se encontraban carceleros, funcionarios y delatores) que fue enjuiciado con odio y resentimiento en los años noventa. Pasó dos años en la cárcel, tras acusaciones como no haber cancelado suficientes impuestos al Estado comunista.

En 1994 salió en libertad, después de pagar una fianza de 3,5 millones de marcos alemanes, la más alta que se ha pagado en Berlín hasta la fecha. Desde ese curioso lugar que le regaló la historia les salvó la vida a 248.774 personas. No se trata de un mérito menor.