• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

Modernidad

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En mi artículo anterior he mostrado la profunda hendidura que parte en dos la estructura antropológico-cultural de la sociedad venezolana. Las etnias indígenas tienen, cada una por su lado, su propio mundo-de-vida, lo que convierte a Venezuela en un país realmente multicultural, pero, dado su reducido número y su excentricidad con respecto a la mayoría, su diversidad no tiene incidencia destacable en el funcionamiento de la sociedad mayoritaria.

Abordaré ahora la caracterización de cada uno de los mundos que dicha hendidura separa.

El de nuestras élites de uno y otro bando, más idealizado, propulsado compulsivamente, valorado imaginativamente y deseado que realizado, hay que ubicarlo en ese movimiento civilizatorio que, habiéndose iniciado embrionariamente ya en la Edad Media europea, llega a su mayoría de edad con la Ilustración del siglo XVIII y domina hoy en gran parte del planeta, la Modernidad.

La Modernidad no es sólo un conjunto de ideas, de proyectos, de realizaciones económicas, científicas, culturales y muchas otras, sino que constituye todo un mundo-de-vida, esto es, y a riesgo de repetirme, la práctica total del vivir de una sociedad en un tiempo histórico determinado, ejercida espontáneamente, o sea, asumida como lo natural e indiscutido, sin recurso a la conciencia hasta el punto que se confunde con lo humano sin más, organizada en mundo, en integración coherente de vida. El mundo-de-vida es el que hace posible la manera propia que tiene una comunidad humana de vivir, o sea, su identidad. El mundo-de-vida está presente en cómo se piensa y lo que es pensable o impensable, cómo se siente, cómo se quiere, en lo que se quiere y lo que no se puede ni querer, en todo lo que tiene que ver con el vivir concreto de todos los que forman parte de él.

La Modernidad a lo largo del tiempo va afirmando su actuar fundamental que da sentido a todas las prácticas de la vida de los ciudadanos modernos, la individualidad. El individuo, como significado práctico, no como concepto en principio, es el sentido de fondo, inconsciente y espontáneo, de todo el pensar y el actuar modernos en todos los miembros, populares o no, de ese tipo de sociedad en el tiempo y en el espacio.

El individuo moderno rompió en su momento con el mundo-de-vida medieval cuyo significado y sentido de fondo era la relación jerárquica, el vínculo entre los seres humanos que eran definidos no por sí mismos sino por su origen o condición de pertenencia.

Sobre el cimiento sólido del individuo como práctica de vida y vivencia compartida por toda la sociedad se constituye, pues, el mundo moderno caracterizado por el predominio de la razón, individual, no social, en toda forma de conocer la realidad y actuar en ella. De ahí, por tanto, la rígida lógica organizativa, la ordenación de todo, la planificación perfectamente estructurada y secuenciada, la constitución de cada personalidad como un yo autónomo de toda vinculación, centrado en sus propias características y posibilidades, aislado en sí mismo pero capaz de establecer relaciones siempre que sean decididas y controladas por ese yo individual y, en este sentido, libre, reacio a toda influencia y a todo vínculo en el que su libertad pueda sentirse en peligro. Este mundo es el que ha construido la economía y el expansivo desarrollo actual.

Antropológicamente la Modernidad está sostenida sobre el significado y el símbolo del padre que se forma en la familia tradicional occidental.

Es el modelo que nuestras élites desean y programan para todo el país, pero ¿hasta dónde lo tienen incorporado ellas mismas? ¿Comparten en la profundidad de su ser el significado padre, nervio de la Modernidad?