• Caracas (Venezuela)

Opinión

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S:D:B Alejandro Moreno

Hendidura  

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Hace algunos años se nos pidió al Centro de Investigaciones Populares el estudio de una institución religiosa constituida toda ella por mujeres. El estudio se hizo sobre unas veinte historias-de-vida. Las personas que formaban la institución pertenecían a dos grupos: europeas de origen con muchos años en Venezuela y venezolanas. Unas y otras de proveniencia popular. Las diferencias que encontramos, evidentes desde un principio, no se debían, pues, a la clase.

Todas comenzaban su historia por la familia pero la narraban de manera muy diferente. Las europeas la presentaban como totalidad, como ámbito definido, incluso como tema. Eran capaces de separarse de la estructura, observarla, describirla y tematizarla. Esta era como la línea de fondo que regía luego toda su narración, más parecida a una información que a un relato.

En las venezolanas, en cambio, la familia no era objeto de conocimiento, tema o fuente de datos sino el fluir de la trama de las relaciones, no estructuras organizadas. Las venezolanas narraban y en la narración ellas mismas aparecían inmersas. No había parcelas sino una continuidad de vida.

En las europeas la función, el trabajo en cuanto profesión, la obra que se hace, describían fuertemente a la persona. En las venezolanas todo se definía por relaciones no funcionales sino personales. La separación de ámbitos era constante en el grupo europeo: lo privado y lo público, lo social y lo afectivo, lo familiar y lo individual. La interrelación de todo y la no distinción precisa eran características del grupo venezolano. Si las venezolanas hablaban sobre todo desde el afecto, las europeas parecían hablar desde la razón, la separación, la distancia; más como observadoras de su propia vida que como participantes. La corriente de la vida conducía a las europeas hacia la conformación de un yo individual, hacia la estructuración de un yo autónomamente responsable en su individualidad aunque relacionado desde sí con los demás. Para las venezolanas, en cambio, todo se movía en función de vivir las relaciones personales. Así, el yo se constituía como un yo relacional, no como un yo individual.

El grupo de las europeas mostraba un mundo regido por algunos significados constitutivos de una completa estructura-mundo: racionalidad, orden, organización. En el grupo venezolano eran la relación personal y el afecto los significados constitutivos de todo un mundo-de-vida, el suyo.

Estos son sólo algunos rasgos seleccionados de entre muchos. Las diferencias no son simplemente de hábitos, de costumbres o de educación. Son verdaderas, objetivas y reales maneras absolutamente distintas de ubicarse en el mundo, de percibirlo, de sentirlo, de vivirlo y de hacerlo, esto es, de hacer la vida en él. Por eso se llama mundo-de-vida.

Ahora bien, los significados que rigen el mundo de las europeas populares estudiadas no se distinguen sustancialmente de los que son propios de sus élites. No hay hiato entre mundo-de-vida popular y mundo-de-vida de quienes rigen su sociedad. Hay diferencias económicas, de educación, de formas de vida, pero no de mundo-de-vida.

Coinciden con los del mundo-de-vida de las élites venezolanas. En realidad, el idealizado, valorado y por ellas deseado. Un abismo lo separa del popular.

La radical escisión entre el mundo-de-vida popular venezolano y el idealizado y deseado por las élites puede explicar la profunda incomprensión, desconfianza y desprecio que se han dado del uno al otro a lo largo de nuestra historia.

Nuestras élites, de procedencia popular en su mayoría, llevan dentro, encubierto, repulsado y marginado por la educación posterior, su mundo de origen. ¿Con vergüenza también?