• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

De comunidades y comunas

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No confundamos comunidad con comuna, tal como ésta es promovida por las nuevas élites entre nosotros, aunque una palabra evoque a la otra. Son realidades estructuralmente distintas. La estructura de la comunidad es dada por la convivencia, la de la comuna por la administración. La convivencia tiene como objeto, fin y práctica la vida en común, la comunidad; la administración, en cambio, la gestión de alguna cosa: un sistema, una institución, incluso una comunidad.

La gestión para, es el nervio dinámico y constitutivo de estas comunas según la ley respectiva la cual: “tiene por objeto, desarrollar y fortalecer el Poder Popular, estableciendo las normas que regulan la constitución, organización y funcionamiento de la Comuna, como entidad local, donde los ciudadanos y ciudadanas en el ejercicio del Poder Popular ejercen el pleno derecho de la soberanía y desarrollan la participación protagónica mediante formas de autogobierno para la edificación del estado comunal…”.  Se producen no para sí sino para el Poder Popular, el grande, el del Estado; por eso está escrito con mayúsculas. No genera sus principios y valores, sino que “se rige por los principios y valores socialistas”. La comuna es definida como una “agregación de comunidades organizadas” y comunidad organizada está, según la ley, “constituida por las expresiones organizativas populares, consejos de trabajadores… y cualquier otra organización de base articuladas en una instancia del Poder Popular”; una agregación también. A pesar de la ambigüedad en el significado de las palabras propia de todo discurso de la élite gobernante, a cualquier lector acucioso le queda claro que la comuna no es “para sí”, sino “para otros”: el estado socialista, el partido que lo rige y con el que se identifica, sus líderes comandantes y demás. No un poder propio, sino un poder delegado. Dentro de la ideología socialista del siglo XXI, que ya va quedando bastante clara, eso debe ser así y esa es la única manera correcta de entender todo lo referido al “poder popular”, tanto el mayúsculo como el minúsculo. La comuna, por tanto, se constituye a partir y sobre la base del poder de las élites dominantes. No tiene nada que ver con el poder originario y autónomo de la comunidad de convivencia y de convivientes a la que me vengo refiriendo en mis últimos artículos.

En efecto, todas y cada una de las organizaciones llamadas populares tienen que ser autorizadas a funcionar, en realidad a existir, mediante inscripción en un organismo estatal, eso que la ley llama “instancia del Poder Popular”, que resulta ser un ministerio del poder ejecutivo establecido y tienen que reinscribirse cada cierto tiempo de modo que, si no lo hacen, dejan de existir. No son “comunitarias” sino en un puro sentido figurado. Llevan ese mote como podrían llevar otro.

Que la comunidad popular propiamente dicha, la que forman quienes conviven en un mismo espacio, tanto físico como simbólico, y me estoy refiriendo a la que surge en cuanto emanación del mundo-de-vida venezolano, sea un para sí y no para otros, no significa que haya de aislarse en su propia vida. Puesto que su lógica constitutiva es la relación personal y no “lo colectivo”, se abre necesariamente a las otras comunidades y personas pero en cuanto prójimos, no en cuanto estructuras de poder. La relación crea comunidad porque hermana y comunica vivencialmente, esto es, en la pura práctica de vivir. Lo colectivo resulta de la agregación –así la comuna, lex dixit–, la suma o la yuxtaposición de individuos; por eso forma masa, no comunidad.

La comunidad de convivencia es popular venezolana; la comuna ideológica y de élites.