• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

¿Estado popular?

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Un Estado comunal no es un estado popular, como no han sido populares en ninguna parte del mundo ninguna de las repúblicas que así se han autodenominado. Todos los movimientos revolucionarios, esos que intentan cambiar radicalmente una sociedad o aun solamente un aspecto fundamental de ella, como puede ser el sistema político, se han identificado como populares y han pretendido actuar en nombre del pueblo. “Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos”, es quizás la formulación más famosa de semejante pretensión en 1787, pero tanto los Comuneros de Castilla, en 1520, como los líderes de la revolución inglesa, poco más de un siglo después, se alzaron contra su rey en nombre de sus respectivos pueblos, así como los revolucionarios franceses en 1789.

Durante el siglo XX las repúblicas “populares” ocuparon media Europa, buena parte de Asia y varios lugares de África, sin contar que todas las democracias, aunque no se llamen “populares”, se consideran tales porque funcionan como gobiernos “del pueblo y para el pueblo”, según dicen.

En realidad, en ninguno de esos lugares y movimientos el propio pueblo, el de ellos, ha gobernado. En el mejor, y muchas veces el peor, de los casos, de su seno han surgido élites que lo han gobernado a él. Siempre y en toda situación los gobiernos han estado constituidos por élites, de modo que hasta el presente la historia en eso no nos ha ofrecido una verdadera novedad. Los pueblos, con mucha, poca o ninguna sangre derramada, lo más que han conseguido ha sido cambiarlas o por un tiempo más o menos largo obligarlas a aceptar algunos compromisos. La plebe romana no hizo ninguna revolución pero sometió más de una vez a la aristocracia senatorial.

Procesos parecidos se han repetido de mil maneras hasta nuestros días. Los países han funcionado bien, han progresado y se han mantenido en paz cuando el mundo-de-vida de los pueblos y el de las élites han coincidido en sus estructuras fundamentales y en la forma de actualizarlas. El problema se presenta en una misma sociedad cuando el pueblo pertenece a un mundo y las élites dirigentes a otro.

No se avizora para un futuro próximo, y se diría que ni lejano, una revolución tan radical que ponga de veras al pueblo a gobernar y dirigir toda una sociedad. No existen ideas mediante las cuales se pueda pensar la estructura de una sociedad no regida por ninguna clase de élites o, en último caso, de élites sin poder. Las concepciones anarquistas hasta ahora no han logrado un sistema coherente y práctico; sólo algunos experimentos no exitosos.

En Venezuela, como vengo insistiendo, el abismo entre el mundo-de-vida del pueblo y el que han representado y practicado, por pertenencia o por adopción, todas las élites dirigentes que han existido y existen, está en el fondo de nuestros principales problemas de funcionamiento y paz social.

En sociedades en las cuales pueblo y élites coinciden en el mundo-de-vida, el pueblo no gobierna pero inspira, en cuanto su manera de pensar y sentir la realidad es compartida por ambos. En tal sentido, la sociedad es dirigida no por el pueblo, pero sí según el pueblo.

La adhesión del pueblo, que entre nosotros fue muy fuerte, al presidente fallecido, no lo fue a sus ideas, sino a lo que percibió como coincidencia con la inspiración que en él veía y la que compartía, anunciadora de una formación de sociedad de la que ese pueblo pudiera sentirse parte. Pero esa inspiración no inspiraba las ideas del líder, las cuales seguían otros rumbos.

¿Por qué no proyectar una sociedad pensada, sentida y practicada desde el pueblo, esto es, desde su inspiración, la relacionalidad convivial, que late en su mundo-de-vida?