• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

S:D:B Alejandro Moreno

¿Comunidades organizadas?

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En esto predomina la variedad, la diversidad que da la vida y no la uniformidad que busca la razón moderna. No obstante, y siguiendo la línea de estas “reflexiones indicativas”, quizás valga sacar de la propia experiencia una especie de modelo, formato, ¿paradigma?, de barrio que de algún modo muestre lo que pudiera aplicarse a una comunidad popular. Seleccionaré algo de un texto elaborado para una obra colectiva que está a punto de salir.

Mi barrio no es un caos. Espacio organizado. Desde que entro, recorro una calle que viene de la ciudad con la que se conecta pero también de la que se aleja, que lo atraviesa de arriba abajo y por la que circulamos. No es una calle racionalmente trazada. No tenemos aceras y, de tanto no tenerlas, ya ni las necesitamos. Ella es un eje que da identidad espacial a nuestro territorio y a nuestra convivencia. De ahí parten a derecha e izquierda unos callejones, a manera de espinazo de pescado, que distribuyen las viviendas y tienen su propio orden. Las escaleras permiten el acceso que a la calle y a los callejones les resulta imposible. El mapa del barrio lo tenemos todos en la mente porque sabemos dónde vive cada cual.

Los fundadores se organizaron desde el principio y a medida que el espacio se iba ocupando. La circunstancia de convivencia fue la madre de la organización. Por convivencia y para mejor convivir formaron juntas, ajuntamientos, “ayuntamientos”. Las llamaron “juntas pro mejoras”. Mejoraron calles, escaleras, electricidad, agua, limpieza. Por organizados, pudieron resistir al desalojo, consiguieron escuelas, transporte, capilla, alumbrado. Generaron un poder autónomo que nadie les dio y que no dependió del permiso de nadie. El proceso puesto en marcha se encaminaba a la autonomía completa de ese poder comunitario autogenerado, al autogobierno en todo lo propio de la comunidad de convivencia, ese que en el mundo entero y a lo largo de toda la historia se ha realizado en la figura del pequeño municipio, ayuntamiento, cualquiera sea el nombre y la forma que haya recibido, un poder de servicio y no de imposición. El proceso quedó bloqueado. Las juntas fueron sometidas a un reglamento externo por las élites en tiempos del primer Carlos Andrés y, así, desnaturalizadas. Las nuevas élites siguen en ello.

Nuestro espacio está lejos de la mecanización, de la encuadratura rígidamente estructurada, de la vehiculización atosigadora. Está más cerca de la “humaneza” que de la naturaleza, para usar ese bello vocablo que inventó Ortega y Gasset, gran hacedor de palabras.

En el barrio nos sentimos bien, digan lo que digan los de fuera, y sabemos que somos nosotros, que nos distinguimos de los del otro barrio, porque tenemos nuestro nombre, nuestro patrón, nuestras fiestas, nuestros malandros, nuestros políticos y politiqueros, nuestras bodegas, nuestra licorería, nuestra escuela, nuestra iglesia y nuestras iglesias. Nuestros tiroteos también, pero aunque no se crea, nuestra seguridad, porque nuestros malandros son nuestros y no se meten con nosotros que somos la trama familiar y social en la que ellos se mueven y en la única en la que pueden sobrevivir. Se tirotean entre ellos y ellos, no contra nosotros, y ya sabemos que cuando hay tiros, no se debe uno asomar ni a la puerta ni a la ventana, como en cualquier parte de la ciudad.

¿Tienen algo que ver las “comunas”, legisladas elitescamente desde fuera, con la autonomía natural, no artefacta, que pudo haber culminado en la construcción del ya indicado pequeño municipio, estructura política que, con infinita variedad de formas, ha sido la única posibilidad de ejercicio de un verdadero poder del pueblo?