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Alberto Krygier

Saber, poder y hacer

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Ante la abjuración de Galileo, en la obra de Teatro de Bertolt Brecht, Andrea, el alumno del astrónomo, le dice: “Desgraciada la tierra que no tiene héroes”. Y Galileo le responde: “No, desgraciada la tierra que necesita héroes”.

Continuamente nos quejamos de la falta de líderes que nos resuelvan los problemas, que con su magia hagan cumplir todos nuestros deseos. La historia nos demuestra persistentemente que no hay soluciones mágicas, que, a la larga, nada funciona mejor que la participación responsable del pueblo unido en democracia. Decía Peter Drucker que no es suficiente hacer las cosas “bien”; también es necesario que las cosas que se hagan sean “buenas”. No debemos olvidar que democracia no es una suma de privilegios y de derechos, sino más bien la interacción de responsabilidades individuales, lo que los anglosajones definen como “accountability”. En una organización cuyos miembros no son “accountable”, o no sientan la obligación de rendir cuentas, la democracia no puede progresar. Como afirmaba Drucker, las acciones tomadas deben ser buenas y hacerse bien.

Las naciones progresivas requieren personal inteligente y preparado y viceversa. La clave está en el espíritu y actitud de su pueblo. Los recursos humanos son inevitablemente más importantes que los recursos naturales. Platón postulaba que la estabilidad y éxito de una comunidad política dependía del carácter moral de la gente que formaba esa comunidad. Las batallas que hay que ganar no son sólo las que tienen que ver con la economía, sino sobre todo con la política y la moral. Alexis de Tocqueville señalaba que la democracia se basa en la capacidad, carácter y preparación del personal que estará encargado de gobernar, pues de éste dependerá el éxito o el fracaso del país. Advertía que un exceso de individualismo afectaría la libre institución de la cual dependía la democracia y el progreso. Una de las claves para la supervivencia de las instituciones libres es la relación entre la vida pública y la privada y la forma en que los ciudadanos participan, lo que hacen o no hacen en la esfera pública y privada. El saber, poder y hacer se han convertido no sólo en elementos de productividad económica, sino también de una creciente importancia para la legitimación social de las decisiones políticas. De un gobierno inadecuado nacen la pobreza, la delincuencia, el crimen y la insalubridad. De un gobierno competente, la buena administración y el bienestar del pueblo, tanto en la ciudad como en el campo.

Muchos piensan que el desarrollo de los países en su mayoría depende de los recursos naturales del subsuelo como el oro, los diamantes, el petróleo, etc. Es cierto que estos recursos proporcionan riqueza, pero no siempre eso es lo más importante para el país. En algunos casos están generando corrupción, guerras civiles, inflación y miseria. En otras situaciones la corrupción no prolifera, la producción está controlada, las inversiones se encuentran más o menos garantizadas, y la parte retenida por el Estado es utilizada con equidad para el bien común. Principalmente el éxito se debe en esos casos a la integridad y ética de las instituciones y al desarrollo de la calidad de la educación pública y privada; esa es la base. En esos casos el pueblo se siente motivado al ver que su labor y su retribución es positiva. Saber, poder y hacer con moral, he ahí la mejor receta.