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Alberto Soria

“Ellas” y el gusto moderno

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Los expertos en las teorías del comportamiento del consumidor aseguran que se veía venir. Que había dos razones para que ellas modificaran el gusto moderno. La primera era que las mujeres, siendo más mujeres por más libres, independientes y dueñas de su destino, le iban a quitar al mercado del placer cosas que –supuestamente– eran sólo para hombres. (*)

La segunda razón que explica el fenómeno es que la presión constante de prohibicionistas, moralistas, aislacionistas y militantes vigilantes del comportamiento ajeno causaría bolsones de resistencia y movimientos de reacción en el mundo del gusto y el consumo. Los causó.

I

Las rebeliones del gusto y el consumo llegaron con el final del siglo XX. Los ataques y prohibiciones para ir encasillando y volviendo homogéneo el consumo planetario provinieron de la cultura norteamericana. Esa cultura arrinconó todas las demás para que en el trabajo o en el tiempo libre renunciaran o modificaran hábitos, costumbres y tradiciones que, desde California o Nueva York, no se consideraban convenientes.

Entonces ellas pasaron a la militancia. Y de la militancia al conocimiento. Las mujeres hoy compran viñedos, los dirigen, hacen vinos, catan. Mercadean botellas, recorren el mundo vendiendo marcas y añadas, deciden en las grandes subastas. Crean y trabajan en restaurantes, tiendas gourmets, hacen catering, llenan las primeras filas de academias y escuelas de cocina y repostería.

En el mundo del vino, a principios de la década de los ochenta sólo trabajaban en las oficinas administrativas. Hoy, las escuelas de ingeniería agrícola y enología en los países más importantes del mundo están llenas de mujeres. Muchos de los vinos que descorchamos son pensados y elaborados por mujeres.

II      

La mujer moderna, más que comprar botellas hoy, va de shopping. Exige espacios dignos de su condición. Por tanto, seguros, luminosos, de gran pulcritud. Quiere libertad para mirar, curiosear, preguntar y que la asisten como lo hacen cuando compra cosméticos o perfumes.

No hay sino que mirar en terrazas, bares y restaurantes los cambios que la cultura del vino hizo para aceptar diariamente más mujeres. Y los esfuerzos desesperados del whisky, el vodka y el coñac, la grappa, el ron y el calvados, para conquistarlas y –así sea por un rato– jurarles amor eterno.

*Bitácora para sibaritas, Editorial Alfa. 2009