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Alberto Barrera Tyszka

Las malas palabras

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Llevo días pensando en la palabra arrechera. Volví a acordarme de ella cuando la fiscal Luisa Ortega Díaz anunció que estaban haciendo pesquisas para determinar quiénes eran los “autores intelectuales” de los lamentables sucesos ocurridos después del 14 de abril. Recordé entonces la campaña iniciada por el poder en contra de Henrique Capriles, esa suerte de transmisión audiovisual orweliana que pretendía demostrar que el uso de la palabra arrechera era una incitación al homicidio. Desde ese momento, de manera delirante, el oficialismo introdujo un nuevo sistema de censura y de juicio. Ahora también la palabra es un peligro.

Los cambios en el uso lenguaje son una manera de contar la historia. No deja de ser peculiar que quienes se formaron con las consignas guerreristas de la izquierda anden ahora escandalizados, buscando agresiones debajo de las sílabas. No deja de ser interesante que a la vuelta de quince años estemos pasando del Chávez belicoso, que insultaba y amenazaba, a un gobierno que investiga y acusa a una grosería, que trata desesperadamente de convertir la palabra arrechera en un crimen.

Pero la democracia del idioma es veloz y contundente. Ninguna academia, ningún diccionario, la puede someter. El gobierno se ha metido en una denuncia sin salida. Todos los venezolanos practicamos la arrechera diariamente. Y, al paso que vamos, la arrechera terminará convirtiéndose en una de nuestras formas de identidad. Lo que ocurre es que los poderosos no viajan en Metro. Los poderosos no tienen que acudir a un hospital público. Los poderosos tampoco van al mercado. Ni andan solos por las calles. No saben lo que es hacer una cola. No conocen los trámites de Cadivi. Ya se les olvidó lo que significa la palabra quincena. Los poderosos escuchan inflación y piensan en las nubes. Los poderosos viven en otro país. Tienen otro lenguaje.

La arrechera existe, presidente. ¿Qué cree que siente una madre que ve morir a su hija menor de edad a causa de una bala perdida, en medio de una batalla entre bandas? ¿Qué siente una madre a la que le matan a su tercer hijo de un disparo en la espalda en una alcabala militar? Siente dolor, siente incluso dolor por estar viva. Pero también siente arrechera. Una impotencia infinita. Esas son las verdaderas primeras combatientes de la patria, presidente. No las heroínas del bótox, sino las madres populares que han perdido a sus hijos a cuenta de la violencia. ¿Quién es el autor intelectual de todos esos homicidios?

La arrechera existe. Por lo general, despierta frente al abuso, frente al descaro, frente a la hipocresía. Es un dolor que viene subiendo desde detrás del ombligo y termina estallando en las cuerdas vocales. A veces grita. A veces, llora. A veces solo produce un implacable silencio. Cuando, acorralados por el alto costo de la vida, vemos y leemos las informaciones sobre la grosera corrupción que existe, ¿cómo debemos reaccionar? Y cuando vemos el control que el gobierno quiere ejercer sobre las noticias, para silenciar todos estos casos, ¿qué se supone que debemos sentir? ¿Calma? ¿Conformismo? ¿Placidez? Cuando vemos a la mayoría de una Asamblea Nacional que se ha negado de manera sistemática a debatir casos de corrupción, empecinada en darle a usted poderes especiales para, precisamente, combatir la corrupción… ¿qué cree que sentimos la mayoría de los venezolanos? Así es. Profunda, honesta y patriótica arrechera.

Cuando pasan y pasan los días y sigue sin haber una sola prueba, contundente, visible, fehaciente, del supuesto intento de magnicidio, del supuesto sabotaje eléctrico, del supuesto atentado en Amuay, de la supuesta conspiración económica… Cuando comenzamos a percibir que todo el día nos están engañando, ¿qué cree que sentimos? Ciertamente. Una muy democrática y revolucionaria arrechera.

Los indignados de Europa somos los arrechos de Venezuela. El Estado no puede penalizar el dolor o la rabia. El problema no está en las malas palabras sino en los malos gobiernos.