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Luis Pedro España

Discurso del disimulo

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Dejémonos nosotros también de teorías de la conspiración. Abandonemos por un momento la hipótesis del estado de excepción o cualquier otra pirueta que se piense que pueda estar tramando el ala oficial. Pongámonos simples que, quizás así, acertemos con la interpretación de lo que es el mensaje tipo azote de barrio que repetitivamente se transmite por la televisora gubernamental o en las cadenas del Ejecutivo.

Todas las amenazas e instigaciones, incluso si se concreta alguna, no son sino un poco más de lo mismo. Simplemente se está disimulando. Haciendo con la mano derecha (qué otra cosa, sino cosas de derecha), sin que se entere la izquierda. Estamos en pleno proceso de ajuste económico. Con muchos traspiés y contradicciones discursivas que, más que restarle efectividad, lo inviabiliza.

No se trata de un ajuste heterodoxo, es más bien uno inédito, y no por ello bueno ni exitoso. Es uno de tipo truculento, preñado de condicionantes políticos, palabras innombrables, amenazas a empresarios junto con, puede que, uno que otro guiño; realmente no hay forma de saberlo.

Un gobierno como este no puede enfrentar el aluvión económico que tiene encima de un modo diferente. ¿Cómo se le explica al PCV, a los compañeros de los colectivos, a los camaradas del Foro de Sao Pablo, a la izquierda de tasca y café europeo, que sólo se podía ser revolucionario y socialista con los bolsillos llenos de dólares que pagan bien caro los consumidores de petróleo en el mundo? Aunque muchos de ellos deberían saberlo porque viven de las subvenciones estatales, no está bien que de la noche a la mañana este “portento moral” salga a decir, como cualquier paisito pasado de tragos, que los reales no le alcanzan, que se acabó la fiesta y hay que ponerse a trabajar y ahorrar.

Pero como de lo que se trata es de aparentar, mientras se arma el discurso del disimulo, por otro lado se trata de recoger los excedentes de liquidez, se anuncian intervenciones de empresas públicas ineficientes (que puede que se vendan) y reestructuraciones de dependencias del Estado en un intento de hacer realidad eso de “eficiencia o nada”.

Apartando las maniobras disuasivas, la pregunta es si esto va a funcionar. La respuesta es fácil: No. Los agentes están más que avisados y curtidos en la maniobra. Nadie se va a comprometer y ni siquiera va a creer ninguna medida o intención de política correctiva, con semejante forma de implementar las cosas. La peor de las desconfianzas es la que se incuba cuando se sospecha del otro. Maquiavelo no funciona bajo la racionalidad económica. Ser temido es peor que ser odiado, y con el discurso económico de mediación política que estamos presenciando no se va a conseguir la obediencia o siquiera la persuasión de todo un país que cada vez depende menos de un Estado que de rico pasó a mendigo.

Se impone un cambio de estrategia. Nadie quiere una crisis económica todavía más grande de la que tenemos. Necesitamos más sinceridad y humildad por parte del sector público con menos soberbia o palabrería. Ojalá este proceder suicida termine después de las elecciones del 8 de diciembre. A veces las derrotas permiten abrir los ojos.