• Caracas (Venezuela)

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Héctor Faúndez

¡30 maletas!

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La prensa de estos días informa que las autoridades francesas incautaron más de una tonelada de cocaína pura, contenida en 30 maletas a bordo de un avión procedente de Caracas. No se trata de un par de dedales que, con riesgo de su vida, transportaba una humilde mula que esperaba ganar 4 centavos; tampoco se trata de 1 o 2 kilos de droga, disimulados en el fondo de la maleta que intentaba transportar un narcotraficante incauto, poco familiarizado con los estrictos controles que hay en el aeropuerto de Maiquetía. No, amigo lector. Se trata nada menos que de 30 maletas que contenían 1.300 kilos de cocaína pura. La pregunta es, ¿cómo pudo ocurrir?

Quienes viajamos con cierta frecuencia, sabemos que, tan pronto lleguemos al aeropuerto, se nos va a acercar un funcionario de la Guardia Nacional a preguntarnos adónde viajamos y con qué propósito; como si tuviéramos la obligación de notificar al Gobierno de nuestros planes de viaje y del propósito de los mismos. Luego, al acercarnos al mostrador, otro funcionario de la Guardia Nacional nos va a preguntar, con mucha sutileza, si llevamos drogas, armas o sustancias explosivas. Si nuestra respuesta no le satisface, se procederá a revisar nuestro equipaje.

Una vez superados esos controles iniciales, luego de haber obtenido nuestro boleto de embarque y haber consignado nuestro equipaje, tendremos que ingresar a una sala más propia del Dante, en la que, en medio de un caos y un desorden indescriptible, esta vez se revisará nuestro equipaje de mano e incluso nuestros zapatos. De allí tendremos que hacer cola para pasar el control de inmigración, en donde nuevamente, aunque no siempre, un funcionario (con el mismo entrenamiento del ex fiscal Isaías Rodríguez para mirarnos a los ojos y saber si decimos la verdad) nos preguntará adónde vamos y a qué. ¡No sea cosa que el propósito de nuestro viaje sea comerciar con drogas, o que vayamos a alguna reunión en la que se vaya a hablar mal del Gobierno!

Mientras esperamos para embarcar, nuestro equipaje está siendo revisado mediante escáner; pero siempre es posible que nos llamen para bajar a abrir nuestras maletas, a fin de permitir una inspección adicional de la Guardia Nacional y verificar que no estamos transportando drogas. Sin embargo, no acaban allí los controles. Al momento de embarcar, casi en la puerta del avión, nuevamente nos encontraremos con la Guardia Nacional, que otra vez va a revisar nuestro equipaje de mano, y que va a realizar un denigrante cacheo personal de todos los pasajeros, para verificar que no llevamos droga. Sólo después de todos esos controles es que podremos abordar el avión y que éste podrá despegar.

Con todos esos controles, ¿cómo es posible que hayan pasado, no 1 ni 2, sino 30 maletas con droga, y todas en un mismo vuelo? ¿Cuál de los funcionarios de la Guardia Nacional se quedó dormido esta vez? ¿Cuál fue el escáner que falló esta vez? Y digo “esta vez” porque no es primera que ocurre; como se recordará, hace pocos meses, en las islas Canarias, en otro avión procedente de Venezuela, también se encontró otra tonelada de cocaína.

Estos hechos sólo son posibles gracias a alguien con mucha autoridad, con conexiones políticas y judiciales, capaz de eludir todos los controles. Seguramente, esta vez los chivos expiatorios tendrán mayor jerarquía; pero la impunidad de los verdaderos responsables está garantizada. Dejar caer a un alto funcionario del Gobierno equivaldría a reconocer que, como sostienen Carlos Tablante y Marcos Tarre, estamos en manos de un Estado delincuente. No es que no seamos capaces de controlar el tráfico de drogas; pero es ingenuo preguntarse por qué se canceló el acuerdo de cooperación con la DEA.