• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

¡Repíteme el concepto!

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No fui estudiante de silla de extensión, termo, anfetaminas y plaza pública en época de exámenes, porque siendo caraqueño estudiaba en mi casa, pero me apetecía acompañar a algunos amigos obligados a hacerlo por proceder del interior del país. En tiempos del liceo, de la física, la química y las matemáticas o de los estudios de Derecho en la universidad, muchos encontraban en la plaza y los postes de alumbrado el espacio y la luz que les negaba la pensión donde vivían. Eran hospedajes tan precarios que un aviso en el periódico llegó a ofrecer en venta un lote de cobijas picadas por la polilla “propias para pensión de estudiantes”.

El poeta José Lira Sosa, eternamente afligido por la malhadada conjunción de sus apellidos, explicaba que vivía entre las esquinas de Pinto y Miseria y agregaba que la pensión estaba mas cerca de Miseria que de Pinto, y cuando nos tocó visitar a otro amigo de la universidad en su pensión de Hospital a Hoyo quedamos desconcertados porque al abrirse la puerta de la calle la casa se torcía tres metros más allá y volvía a enderezarse al fondo del patio  y estuvimos acordes en considerar que resultaba muy cuesta arriba estudiar Derecho en una casa sin perspectiva y que lo correcto y acertado era que nuestro amigo llevara su silla de extensión a la plaza de la Concordia.

Recorrer las plazas y, más que las plazas, los pasillos techados de la Ciudad Universitaria resultaba interesante y esclarecedor, porque era fácil detectar no tanto la clase social sino el talante y personalidad de los estudiantes. Unos ocupaban sillas de extensión pequeñas, se abrigaban con una chaqueta o un viejo suéter; se protegían del sereno con una tosca y vulgar toalla que usaban como capucha y amarraban los libros de texto con una liga roja muy gruesa. Otros, en cambio, llegaban en automóvil, sacaban de la maleta una enorme silla playera y prácticamente se acostaban en ella no sin envolverse antes en una bufanda de lana y colocar a su lado un gigantesco termo de café. Particularmente, recuerdo a uno de ellos: su ostentoso atuendo, los bocadillos, el café y los libros encuadernados sin olvidar el frasco de benzedrina para mantenerse despierto. Echado sobre la gigantesca silla de extensión más parecida a una chaise longe que a las modestas sillas de los demás, hablaba sin parar, contaba chistes y reía con estrépito. Fue cuando Félix Guzmán lo increpó diciéndole: ¡Mire, así no estudia ni Anita la Huerfanita que es una muchachita tan responsable! La víspera del examen de Obligaciones, Félix escuchó unas campanas y murmuró desconsolado: ¡Están doblando por mí!

Una noche acompañé al pequeño grupo de estudiantes del quinto año del liceo Fermín Toro, liderado por Adriano González León, dispuesto a escuchar con atención y recogimiento al futuro autor de País portátil. Nos aprestábamos para el examen de Filosofía y la metodología establecía que en voz alta Adriano repasaría en primer lugar algunas notas biográficas de Immanuel Kant como introducción a la Crítica de la razón pura. Entraría luego en profundidad para considerar sus referencias epistemológicas o como quiera que se llamen y abordar al final la Crítica de la razón práctica sumergiendo a los oyentes en un océano de complejidades éticas.

Immanuel Kant, comenzó Adriano, nació en Königsberg, el 22 de abril de 1724 y murió en la misma ciudad el 12 de febrero de 1804. ¡No se casó nunca! Era un hombre muy meticuloso, ordenado y puntual, tanto que cuando asomaba por la esquina de su casa la gente decía: ¡Son las 9:00 porque allí va el profesor Kant! En ese instante, uno de los estudiantes interrumpió la lectura y, dirigiéndose a Adriano, le rogó encarecidamente: “Adriano, por favor, ¡repíteme el concepto!”.