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Adriana Villanueva

Las bolas venezolanas

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Tras leer en El País el artículo de Santiago Roncagliolo en el cual el escritor peruano acusa a los líderes políticos venezolanos de homofóbicos, entre ellos a Henrique Capriles, a quien llama “troglodita” por usar la expresión “echarle bolas”, compartí una crónica en el portal web Prodavinci intentando explicar a quien no habla venezolano que dicha expresión es usada en nuestro país con regularidad, y aunque dista de ser elegante, es perfecta para describir la intención de hacer un gran esfuerzo para lograr una meta. En Venezuela los hombres y mujeres le echamos bola por igual, sin que se nos venga a la mente una relación directa con las gónadas masculinas.

Entre los comentarios recibidos en Prodavinci, no faltaron quienes trataron de hacerme entender que estaba excusando lo inexcusable: el “échale bola Nicolás” de Capriles Radonski no tenía que ver con la pesada bola con la que se demolían las casas en la vieja Caracas –como me explicó Daniel Álvarez que se originó la frase– sino con el tener “cojones”, palabra muy popular en otros países de habla hispana poco usada en Venezuela.

“No expliques, no desdeñes, no te quejes”, me enseñó mi amiga Carolina Espada ante los comentarios de los lectores cuando comencé a escribir en El Nacional. Para no desdeñar: ¿estaría defendiendo lo indefendible?, ¿el líder de la oposición se nos estaba volviendo un troglodita como quienes lo insultan en la Asamblea, y una justificándolo?

Días después, conversando con unos amigos, enumerábamos los distintos usos de la palabra “bola” en Venezuela (más allá de “cuerpo esférico de cualquier materia” como lo define la RAE), y nos dimos cuenta de cómo la mayoría de las veces no es sinónimo de testículo, aunque a veces sí puede serlo, como, por ejemplo, si alguien indignado expresa: “Este tipo tiene las bolas cuadradas”, o “se pisó una bola”, imaginamos a qué bolas se refiere.

Una expresión que tiene múltiples lecturas y que se aplica a hombres y mujeres por igual es “pelar bola”. Se es “pela bola” cuando no se tiene dinero ni para un café, se “pela bola” cuando no se tiene éxito en la conquista amorosa, se “pela bola” cuando cuesta alcanzar un objetivo, y “pelaste bola conmigo” cuando caímos en un grave error al tratar a una persona.

El filólogo Ángel Rosenblat dedica un capítulo de sus Buenas y malas palabras al modismo “loco de bola”, al tratar sobre la multirreferencia de la palabra “bola” en Venezuela: “Aunque habitantes de otras tierras la sientan como grosera, en realidad no lo es”. Rosenblat opinaba que debía provenir del español antiguo y se refería al juego de bolos.

En venezolano moderno decimos: “¡Booolaaa!” cuando nos negamos a hacer algo; “este tipo no tiene nada en la bola”, sobre alguien escaso de neuronas; “cuesta una bola”, cuando un producto es muy caro; “se está corriendo una bola” se refiere a un rumor; “pesa una bola”, como si estuviéramos cargando una bola de hierro; “¡de bolas!”, reafirmación; “párame bola”, un llamado a prestarnos atención; “no doy pie con bola”, cuando todo sale al revés… y tantas otras alusiones a la palabra bola, que sí, en muchos casos, también son referentes a las gónadas masculinas, como, por ejemplo, el sinónimo de “jalamecate”.

Bola es una palabra muy arraigada en el habla venezolana, y tanto la corrección política internacional, como la neolengua revolucionaria, tendrían que echarle bola para erradicarla de nuestra habla diaria.