• Caracas (Venezuela)

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Adriana Villanueva

A un tris de la suprema felicidad

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Una tarde cualquiera, un mes después del repentino adiós de Leopoldo Castillo de su programa vespertino Aló, ciudadano, casi como un reflejo condicionado, al llegar a casa prendí el televisor y sintonicé Globovisión. Pero en lugar del Citizen conversando con algún invitado sobre las noticias del día, o un programa medianamente similar que ocupara su lugar, me encontré con un noticiario deportivo, como si hubiese sintonizado Meridiano TV. El resto del bloque que solía ocupar Leopoldo Castillo, por lo menos esa tarde, fue igual de estirilizado contra cualquier comentario adverso a la gesta revolucionaria: un noticiero tecnológico y un programa sobre la crisis política en Egipto.

Mientras tanto, en VTV, el canal del Estado, “el canal de todos los venezolanos”, como una muestra del equilibrio informativo en el que hoy vivimos, en el programa Dando y dando una periodista –cuyo nombre se me escapa– conversaba con un economista. Ambos con rostros circunspectos advertían sobre la actual escasez en Venezuela como parte de una “guerra económica” inducida por la “derecha desestabilizadora” y “los medios de comunicación golpistas”. Ninguna mención a cualquier posible falla de la política económica de Chávez para acá.

Close up de la periodista viendo fijamente a la cámara, decía algo así como: “En manos del pueblo revolucionario está vencer esta despiadada guerra: amigo, amiga, compre solo lo que necesite, deje para los demás, que el presidente Maduro y su gabinete económico están controlando la situación pero requieren de la ayuda del pueblo para lograrlo”.

Dos meses después del llamado al pueblo revolucionario a formar parte de la infantería cívica contra la guerra económica, los anaqueles de los mercados venezolanos siguen carentes de artículos básicos. Hoy es casi un milagro, por ejemplo, entrar en un mercado y encontrar papel higiénico, porque, apenas llega un cargamento, se corre la voz y en cuestión de minutos el local se convierte en una réplica de un capítulo de The Walking Dead: personas sin alma con el objetivo de hacerse del preciado bien.

Una tarde de octubre en el mercado de mi zona, donde compran barrio y urbanización por igual, había llegado un cargamento de papel higiénico y lo estaban vendiendo hasta por bulto, que por lo menos en mi casa, donde vivimos seis personas, podría durar poco más de un mes. Esperando mi turno para pagar pensé que en momentos como este es que debería trabajar un buen encuestador para medir el nivel de confianza de país. Así como antes se preguntaba a las salidas de los mercados: “¿Qué marca de papel higiénico prefiere?”, hoy se debería preguntar: “¿Desde cuándo no conseguía papel higiénico?”. “Si tiene en su casa y lo encuentra en el mercado, ¿igual compraría aunque tuviera que hacer cola?”.

Esa tarde la confianza de país parecía tan escasa como la leche, el arroz y la harina; todos en la cola para pagar llevaban su bulto de papel al hombro como si de una presa de caza se tratara. Solo una mujer vestida de taller rosado apenas se llevaba cuatro rollitos. Su mirada desafiante frente al jolgorio general ante la cotizada carga la delataban como una de aquellas venezolanas que creen que en verdad, verdad, estamos a un tris, es decir, a un viceministerio, de la suprema felicidad social.

Eso fue hace tres semanas, desde entonces no he vuelto a encontrar en el mercado papel toilette de ninguna marca.