• Caracas (Venezuela)

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Claudio Nazoa

Mi felicidad

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Se puede ser relativamente feliz olvidando las penas; también se puede vivir en felicidad o llegar a ser completamente feliz. Lo que no se puede hacer es decretar la felicidad.

La felicidad personal es un hecho individual, y la colectiva depende de la sumatoria de las individuales. La felicidad no es una utopía inalcanzable, está en las cosas más sencillas y a veces en las intangibles. Hay situaciones que nos hacen felices, por ejemplo, saber que nuestra familia tiene techo, comida, salud y educación asegurada. En teoría, eso es felicidad aunque, fíjese, aun cuando su familia esté muy bien, usted, individualmente, podría ser infeliz por otras causas.

Aquiles Nazoa dijo: “Mi infancia fue pobre, más nunca fue triste”, es decir, mi padre, a pesar de ser un hombre muy humilde, fue feliz. Soy un ejemplo de lo anterior; mi familia nunca tuvo dinero; sin embargo, crecí con la sensación de que éramos muy ricos.

Recuerdo una infancia llena de aprietos económicos graves, con un padre perseguido político y exiliado en Bolivia durante tres años; pero, a pesar de esas vicisitudes, no recuerdo momentos de infelicidad en mi niñez. La felicidad está ligada a una manera filosófica y positiva de ver la vida.

No se puede decretar ser feliz, pero sí podemos hacer infelices a otros con las consecuencias de nuestros actos.

Digamos que yo (Dios me salve) sea partidario de esta cosa infeliz que nos gobierna; por más fanático que fuera me sentiría igual de infeliz tratando de conseguir, infructuosamente, aun teniendo el dinero, las cosas mínimas que siempre hemos tenido ricos y pobres cuando mandaban adecos y copeyanos.

Yo nunca fui adeco ni copeyano, pero siempre en mi casa había papel tualé, harina PAN, pollo, etc. No me gustaban esos gobiernos por muchas razones, pero sin darme cuenta era feliz cada vez que iba al baño, le ponía azúcar al café, me comía una arepa o un pollo. Nunca hice colas humillantes para comprar nada, y, ojo, tampoco tuve dinero en exceso: vivía de mi sueldo de profesor.

Antes, si uno quería ir a Margarita o a Mérida, se acercaba a una agencia de viajes, y compraba su pasaje y… no me lo van a creer: ¡siempre había! Existían ferrys que flotaban; todos estudiábamos en las universidades, y, aun siendo comunistas, conseguíamos empleo con los adecos y los copeyanos.

Los artistas podíamos presentarnos en cualquier teatro y nadie nos censuraba. En la época de los adecos y los copeyanos se inauguraron maravillosas autopistas y los mejores hospitales que se han construido en Venezuela; se construyó el Teatro Teresa Carreño, el Poliedro…

En diciembre, Rafael Salazar, Pedro León Zapata, Cecilia Todd, Laureano Márquez, los Robertos (Montoya y Hernández), Aníbal Nazoa, Iván Pérez Rossi y este servidor, entre otros, éramos pregoneros de la Navidad de los gobiernos adecos y copeyanos. Momento que siempre aprovechábamos para criticarlos y caricaturizarlos. Los adecos y los copeyanos asistían a nuestros actos, nos aplaudían, y después, sin ponerse bravos o pasarnos facturas, amenazas y multas, nos pagaban y nos seguían contratando.

Muchos de los artistas izquierdistas, hoy convertidos en talibanes exclusionistas, reaccionarios y sapos, enviaron con los adecos y copeyanos a sus hijos para que estudiaran en otros países y nadie preguntaba qué tendencia política tenían.

En esa época de gobiernos adecos y copeyanos a nadie se le ocurrió inventar un Ministerio para la Felicidad.

Simplemente, éramos felices pero no lo sabíamos.