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Fernando Londoño

FARC y política

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El festejo por la firma del acuerdo sobre política con las FARC no tuvo antecedentes en la historia. La celebración del Tratado de Versalles del 11 de noviembre de 1918 y la rendición del Japón en el acorazado Missouri, el 2 de septiembre de 1945, estuvieron muy lejos de la grandeza y la solemnidad con que fue proclamada esta victoria definitiva de la paz sobre una guerra de 50 años.

Después de la incontenible emoción patriótica que se desbordaba por radios, canales y periódicos, logramos el papel que contenía aquella maravilla. ¡Qué prosa! Don Marco Fidel Suárez y Alberto Lleras, sumados, no le llegan a los tobillos con la suya.

Y saber que nunca se conocerá el redactor de estas cortas inmortales cuartillas. La humildad del grupo de plenipotenciarios obliga a ese silencio. Puestos a escoger y después de mucho meditar, llegamos a un candidato casi seguro. Para nosotros, los plenipotenciarios le encomendaron esa página inmortal a la holandesa. Nada menos.

El acuerdo no dice nada de nada. Una leccioncita barata de educación cívica de quinto elemental sobre la democracia, la importancia de “robustecerla” y hacerla penetrar en el corazón de la patria, valdría mejor. Pero las grandes empresas son así. Cuando se tropezaron los gestores del documento con problemas serios, resolvieron dos cosas: o dejarlos para una comisión que habrá de sesionar algún día, con la participación de los partidos de la mermelada; o lo segundo, y lo mejor, anunciar que el tema se tratará más adelante. En suma, que el papelito no vale nada. Está a la altura del que contiene el acuerdo sobre tierras. Queda todo dicho.

O casi todo. Porque lo que sí contiene el acuerdo es la ausencia dramática de los asuntos esenciales que habría de contener. Para empezar, callaron las partes la incómoda cuestión de las penas de prisión que merecen todos los cabecillas de las FARC. Lástima. Porque un preso no hace campaña electoral ni contesta a lista en el Congreso. Lo que significa que el doctor De la Calle seguirá devanándose los sesos, con la ayuda del fiscal Montealegre, sobre cómo engañar a la ONU, los jueces internacionales, la opinión pública mundial. Y como no ha logrado la fórmula, resolvió doblar la hoja. ¿Cómodo, no?

Lo segundo que no se dice es lo del regalo de curules a la guerrilla, para pagarle tantos beneficios, y cómo será aquello de las circunscripciones de paz que nos anuncian. Vieja idea, que no vale nada con solo expresarla. El número que tengan, la manera como se contabilicen los votos para elegir representantes, la oportunidad de las elecciones, sus garantías, todo eso queda para mejor ocasión.

Y falta el tema de las armas. Otra patada al balón hacia adelante y ya está. De ellas no se hará entrega sino dejación, que se cumplirá tiempo después de firmado el armisticio general. Lo que supone una novedad. Hasta hoy, no hay tratado de paz que al empezar no diga lo que hará el vencido para desmovilizar sus tropas y entregar sus armas y garantizar que en adelante no pueda conseguir sino las que autorice el vencedor. Como se ve, todo aquí tiene el insuperable atractivo de la novedad.

Si muy mal no andamos en la interpretación del papel, el referéndum se hará con armas en la mano. Lo que no ha de preocuparnos. De la Calle ha dicho que será tanto como si las FARC no las tuvieran. Porque como prometen no usarlas...

El segundo capítulo está cerrado. Santos puede ir a la reelección; De la Calle, a la Vicepresidencia, y la holandesa será declarada dama emérita de la nación. El gobierno y la prensa han quedado como en una catarsis purificadora. El pueblo no, pues que apenas se pregunta por qué estarán tan contentos esos señores y qué será lo que celebran.