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Ildemaro Torres

Es tiempo de…

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Sí, sí lo es, y no sólo ni necesariamente de hacer algo, sino tal vez y con más razón, de dejar de hacer, y digamos qué.

Dejemos así a Nicolás en diálogo con su pajarito parlante, relamido con su paquete de penes comestibles, con sus libras para leer en el suelo cuando vuelva a caerse de la bicicleta, y con su ignorancia militante; y ocupémonos nosotros de hechos y cosas realmente importantes.

En gobiernos anteriores ha habido peculado por parte de funcionarios públicos, pero es un deber señalar que nunca había padecido el país un grado de corrupción como el que hoy lo azota, ni presenciado un saqueo oficial tan voraz y cuantioso de los bienes nacionales como el actual. Buscando distraernos con lo que sea y como sea, reducen su revolución a escenografía y vistosas tramoyas; y el trepador Maduro reactualiza la denuncia de magnicidio, la favorita de más de un figurón mesiánico.

Al tocar lo político, una amiga me confesó: “Más que lo visible me preocupa lo silencioso. Tengo mucho temor, y a lo que más le temo es a lo que no se menciona, a lo que hacen ocultos y sin decir nada: organizar y entrenar milicianos, multiplicar los aparatos represivos, comprar costoso armamento, las numerosas muertes impunes”. Comparto su preocupación, porque también yo tengo la sensación de que otro país está siendo estructurado subrepticiamente, en términos militares y policiales, con dispendioso manejo del Tesoro Nacional dentro de la farsa que llaman revolución; y por ello insisto en proponer ser más celosos en la escogencia de lo que  justifique dedicarle nuestra atención.

Ya desborda cualquier límite el ver tan ennoblecido, sacralizado y casi santificado, al héroe post mórtem de Sabaneta. Además de haberse ido desdibujando como era deseable, su imagen de simpático a lo juro o gracioso por decreto, han ido saliendo datos reveladores, y lo que en realidad él fue e hizo va quedando al descubierto para desencanto de quienes le creían y conocimiento de quienes ignoraban detalles. Salgámosle al paso y démosle un firme alto a la glorificación de Chávez, cuya supuesta moral oímos y vemos exaltar con tanta devoción, y a la creación por el pío Maduro, de una suerte de nueva religión en la que su líder paternal es asesor y consejero de Cristo. Y basta de comparar al pobre exhibicionista con el histórico comandante, destacando en el hoy celestial Hugo, virtudes que nunca tuvo y que con menos razón puede tener ahora aunque lo pinten en tecnicolor y en vallas más grandes.

Urge restablecer la respetabilidad de los poderes públicos. No sigamos permitiéndole al usurpador mantenernos ocupados física, mental y anímicamente con su uso de la barbarie para acosarnos; sabemos de su ignorancia y es manifiesto su deseo de llamar la atención, siendo sus actuaciones y en especial sus peroratas, de un pintoresquismo tal, que hace del país un hazmerreír internacional.

Todo venezolano que lea nuestra Constitución comprueba que nunca nadie la ha violado más que el caudillo, dedicado a desconocer cada deber y obligación indicados en ella; junto con una Ley Habilitante que lo reconfirma como un dictador de facto.          

El país en pleno debería saber que hay suficiente material acumulado en estos años por el hoy occiso y sus serviles acólitos, como para elaborarles sendos prontuarios con investigaciones a fondo y el establecimiento de las debidas sanciones, por su conducta delictiva. Está bien nuestra actitud de denunciar y enfrentar al actual gobierno militar en su fracaso; pero no es suficiente con sólo señalarlo, sino que nos toca entender que si la perversión reviste o ha alcanzado el carácter de un delito, nos corresponde entrar en la fase punitiva, a despecho del rango del personaje delincuente.