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Elizabeth Fuentes

Los extras

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Acabo de ver un filme francés extraordinario, The Concert, que se llevó todos los premios Cesar en el año 2010. Se ubica en la Rusia postsoviética, donde los antiguos jerarcas del Partido Comunista son ahora mafiosos multimillonarios, como quien dice Putin. La película cuenta las maromas de un grupo de músicos por intentar reunirse de nuevo para dar un concierto en París, luego de haber sido obligados por el régimen de Breshnev a abandonar la Orquesta del Teatro de Bolshoi y condenados a trabajar como taxistas u obreros de construcción, solamente porque eran disidentes del régimen.

Y ¿cómo arranca? Con una escena donde la esposa del protagonista, un extraordinario director de orquesta devenido en conserje, llama y llama por teléfono a un gentío para ofrecerles dinero a cambio de que vayan a las concentraciones oficialistas, pero la mayoría le exige que les aumente la tarifa porque la papa está dura. Entonces ella llama al “Jorge Rodríguez” local para contarle que “los extras” le están pidiendo más dinero. Los “extras” es como llaman en la Rusia de hoy a los que deben hacer bulto en los mítines para que la foto salga como lo exige Putin.

Y ahí fue cuando se me abrió el entendimiento. Porque, díganme ustedes, ¿no es exactamente eso lo que ocurre en el PSUV? O, mejor dicho, ¿no es exactamente eso lo que es el PSUV? Una empresa que contrata extras para que vayan a las manifestaciones, una maquinaria menos aceitada que la de Hollywood, por supuesto, pero que en catorce años de producir eventos han logrado darle a cada extra su papel específico: matones por aquí (estos deben cobrar más caro), funcionarios públicos por acá (estos les salen gratis porque el pago es no botarlos del trabajo), estudiantes de este lado (sanduchito y bono par ir al Sambil), viejitas que se desgañitan llorando por Hugo (promesa de vivienda, promesa de pensión, promesa de Mercal), milicianos, médicos integrales, obreros, en fin, a cada quien según su necesidad.

Una empresa quebrada es el PSUV, porque gasta más en extras de lo que cobra por taquilla, asunto que les importa un comino porque ninguno ha trabajado ni sudado por levantarla y el objetivo supremo de la junta directiva consiste en ser repartidores de la mesada porque, como sabemos, quien parte y reparte le toca la mejor parte. Aunque viéndolo bien, la denominación de junta directiva le queda un poquito grande porque los dirigentes del PSUV son más bien parte del casting: ayer Jesse Cachón actuaba como ministro de Ciencia y Tecnología y hoy le toca el rol de Energía. Diosdado fue ministro del Interior, luego de Construcción y finalmente lo contrataron para hacer de presidente de la Asamblea. Y Jaua lo mismo: del INTI pasó a Cancillería, lo que en términos cinematográficos significa un avance en los créditos aunque su actuación haya sido igual de gris en todas las películas, pero ocurre que la palanca comunista funciona igualito que en cualquier filme de Hollywood imperialista y oligarca.

Aunque, claro, hay excepciones: Luisa Ortega Díaz, por ejemplo, es una suerte de Meryl Streep, inamovible en su rol de hacer el papel que le asignen. O Giordani y Ramírez, que duplican y malgastan el presupuesto de la superproducción sabiendo que semejante bodrio será un fracaso en taquilla. O la sobrina de Cilia Flores, Andreína, retratada cual Kim Kardashian frente a su avioneta, su caballo, sus paseos europeos y sus camionetas adquiridas con… ni idea.

Y, por supuesto, ¿cómo ignorar la actuación del protagonista principal del PSUV, llevada a cabo por un stunt? Es decir, por un doble tan, pero tan malo, que ha sido incapaz de meterle bien la coba a los espectadores y hacerles creer que él no es él, sino el otro. Por ejemplo, dice que vio la cara del otro en una pared de un túnel del Metro, asunto que seguramente no le habría gustado al actor principal, porque, mínimo, le encantaría aparecerse en las paredes del Panteón o esculpido en el Ávila. Y encima agrega que “como apareció, se desapareció”, lo que, como doble, parece una autodefinición y seguramente lo llevará a repetir este performance en eso que llaman la historia patria.

Historia que, por cierto, nos develará algún día qué cipote hizo Danny Glover con los 18 millones de dólares que le regalamos, porque The Concert –filmada mitad en Rusia, mitad en París– costo 15 millones y triplicó la cifra en taquilla. ¿Qué te parece Merentes?