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Francisco Suniaga

Para hablar bien de la oposición

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Como ocurre cada vez que se presentan en algún lugar del planeta, las manifestaciones masivas en Brasil y Turquía han elevado el volumen de las voces que en Venezuela reclaman un comportamiento similar de la oposición. Se alarman esos voceros por lo que entienden es pasividad criolla ante circunstancias que consideran peores que las reinantes en las sociedades donde en esta ocasión han florecido las protestas. Los comentarios al respecto suelen rematarse con alusiones infamantes a la falta de testículos de los varones de este país (que, según se colige de las quejas, sí tienen los turcos y brasileños).

Hay que ser comprensivos con la desesperación de muchos ciudadanos ante el terrible panorama que tenemos enfrente. Pero irrita la persistencia en el error de minimizar el esfuerzo realizado por la oposición y su liderazgo en su enfrentamiento con el chavismo.

Para comenzar, no es verdad que la sociedad democrática venezolana haya sido pasiva ante el autoritarismo chavista. Por el contrario, tiene catorce años resistiendo, sola, con una notoria falta de solidaridad internacional. A lo largo de esa resistencia ha realizado manifestaciones públicas mayores y alcanzado objetivos de superior complejidad política que los de cualquier otra oposición democrática. Basta pensar un poco en lo que ha significado materializar la unidad a través del proceso de primarias, un hito alcanzado después de esfuerzos ciclópeos que nos pone mucho más allá del tumulto político.

Quienes hoy se autoflagelan al mirar por televisión las manifestaciones de brasileños y turcos, y piden mayor contundencia, ¡ya!, al liderazgo, se olvidan de repasar dónde estaba antes la oposición, dónde está ahora y dónde puede estar en el futuro (de continuar ejecutando el plan democrático: votar y organizarse). Interrogantes que hay que formularse para poder juzgar con justicia el caso.

No se puede olvidar que enfrente hay un adversario extraordinariamente fuerte y particularmente perverso: un régimen que cuenta con copiosos recursos, puestos todos al servicio del objetivo de mantenerse en el poder a como dé lugar, en especial los destinados a comprar apoyo internacional. Que aquí se lucha contra un constructo autoritario, inmoral y sofisticado que ha hecho suyos los métodos y las formas del sistema político más oprobioso en la historia moderna de América –el de la Cuba de los hermanos Castro– para aplastar a sus opositores.

Para enfrentar a ese monstruo se cuenta, no por casualidad, con un liderazgo joven y curtido en la lucha política, que ha brotado de una competencia libérrima y democrática, como fueron las primarias. Demócratas que han estado sometidos a la campaña nacional e internacional de descrédito más brutal en la historia venezolana. A quienes se ha perseguido y hostigado sin piedad y consideración alguna. Y allí están, resistiendo, encabezados por Henrique Capriles, que ha sido valiente en el plano humano y certero en las decisiones políticas más difíciles. Un líder que dirige con el ejemplo y que ha conducido a la oposición a vivir su mejor momento.

Como es observable a diario, este Gobierno, corrompido por sus propios vicios y contradicciones, está contra las cuerdas precisamente por la sostenida acción opositora. Aunque abusó groseramente del poder y recurrió a la trampa electoral para alterar los resultados de las últimas elecciones, el chavismo sabe que esa posibilidad tampoco le alcanzará en el futuro inmediato (si los demócratas hacen su tarea y van a votar, amparados en el creciente perfeccionamiento de los mecanismos para cuidar los votos).

Claro que el liderazgo opositor puede y debe ser objeto de las críticas de los ciudadanos. Pero esas críticas no pueden llegar al punto de la agresión ni pueden estar alimentadas por el reconcomio (algunos “críticos” no terminan de aceptar que ni ellos ni sus tesis fueron apoyadas por el pueblo opositor). Ni mucho menos ser producto de la impaciencia. Críticas como esas sólo son ruido que molesta en la tarea de, con serenidad e inteligencia, hacer lo que hay que hacer, democrática y pacíficamente, para salir de este régimen: empujarlo duro, sin usar la violencia ni darles a los sátrapas la justificación para usarla contra los venezolanos (nadie quiere una Siria).

Por último, para terminar de hablar bien de la oposición, menos cierto es lo de afirmar que, a diferencia de Brasil y Turquía, en Venezuela ha faltado testosterona para lidiar con esta adversidad. Al contrario (Teodoro Petkoff dixit) aquí lo que ha sobrado, desde los tiempos de Guaicaipuro, son testículos, lo que ha faltado es cerebro y, por encima de todo, paciencia, mucha paciencia.