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Beatriz de Majo

Un fracaso colectivo

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Van 30 meses de conflicto y las ejecuciones sumarias se han vuelto el plato fuerte de la guerra civil siria. A juzgar por el tardío informe rendido por los expertos de la Comisión Independiente Internacional de Investigación sobre Siria, no son sólo los flagrantes ataques con gas sarín los que están en el orden del día. Los crímenes de guerra se vienen perpetrando por partida doble en ambos lados de la conflagración, hospitales y colegios siguen siendo bombardeados, los menores siguen siendo reclutados por ambos lados de la ecuación, todo ello mientras la intervención del sectarismo islamista asociado a una milicia asesina y terrorista completa un cuadro atroz de violación de todos los derechos de los ciudadanos. Todo este atroz episodio ha servido para poner de relieve la peor de las perversiones, el peor pecado de omisión de la comunidad internacional, que ha sido el de concentrarse por varias semanas en los 1.400 asesinados civiles que perecieron asfixiados por la más atroz de las muertes –niños inocentes incluidos– y poner a un lado los crímenes convencionales que han terminado con la vida de más de 100.000 ciudadanos sirios a lo largo de dos años y medio.

De igual manera, la actuación de la potencia rusa en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha sido la guinda de la torta de este vergonzoso capítulo. Moscú se ha negado a convalidar una intervención militar de países aliados si el pacto de entrega y destrucción del arsenal químico alcanzado por su propia iniciativa y esfuerzo heroico de acercar las posiciones de Siria y Estados Unidos fuera violado por Damasco.

A todas estas, ¿adónde han ido a parar las normas internacionales creadas y abrazadas por los países para abolir los crímenes de guerra, y en particular el recurso a las armas químicas?... ¿Qué ha sido del principio de la “responsabilidad de proteger”, un dogma adoptado formalmente en la Asamblea General en el año 2005 por parte de todos los países del sistema, que convierte en una sagrada obligación colectiva la prevención y el destierro de las atrocidades masivas?

Darle más tiempo a la diplomacia puede contribuir a mitigar este episodio luctuoso, mas no a resolver una guerra caracterizada por los más atroces crímenes, tanto del Gobierno como de aquellos que Occidente ha considerado sus interlocutores válidos.

Estamos frente a un doloroso caso que reclama acción inmediata y certera: el estrepitoso fracaso de las Naciones Unidas, pero también el de cada uno de sus países miembros. La acción no puede ser sólo la de silenciar los fusiles. Hace falta acabar con la futilidad, la inutilidad y la ineficiencia de las instituciones que existen para garantizar la paz.