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Antonio López Ortega

El hombre de los tabaquitos

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La Feria del Libro de Valencia, en su decimacuarta convocatoria, celebrada del 12 al 20 de octubre pasado, nos deparó momentos inolvidables. Uno de ellos fue la sesión inaugural, como siempre se suele hacer, en la que las autoridades rectorales pronunciaron los discursos de rigor e impusieron la Orden Alejo Zuloaga a dos distinguidas escritoras: la venezolana Elisa Lerner, nativa de Valencia, y la española Nuria Amat, autora de La intimidad, El país del alma, Reina de América y Amor y guerra, entre otras magníficas novelas. En Nuria recayó la tradicional encomienda de pronunciar el discurso de apertura, un honor que en convocatorias anteriores ha tocado a Fernando Savater, Carlos Monsiváis, Antonio Gamoneda, Sergio Ramírez, Julio Ortega o Antonio Skármeta, entre otros muchos. La pieza leída por Nuria llevaba el título de “El tigre está en los libros”, que se podía apreciar como un gran homenaje a Borges, pero también a Kafka. La fiesta del libro y de la literatura comenzaba con gran pie, pues la meditación de la gran escritora catalana, aparte de la elegancia de su prosa, prometía una semana de debates, valoraciones y homenajes.

Los esfuerzos de la Filuc y de la Embajada de España aseguraron la presencia de 13 personalidades hispanas, entre escritores y editores, quienes deslumbraron por su inteligencia, su apego y su buena disposición. Si a esto sumamos las más de 90 mesas de programación cultural, la presencia de 100 invitados nacionales, las ventas de los expositores y la visita de 280.000 personas en 9 días, se puede inferir que la feria valenciana de este año ha sido una de las mejores. No todo, sin embargo, puede ser celebración en nuestro país descoyuntado, pues las islas de excelencia tarde o temprano son manchadas por nuestra ineptitud, abuso y malas maneras. Todos padecemos como transeúntes o viajeros, pero que el padecimiento recaiga en algún visitante, como de hecho recayó en Nuria Amat, la gran figura de la Filuc, es un acto bochornoso, que nos llena de vergüenza y nos deja sin argumentos.

Ocurrió el lunes 14 de octubre, en el vuelo de Avianca que va de Valencia a Bogotá. Ya chequeada en el terminal internacional y a punto de embarcar, Nuria Amat fue abordada por un agente policial, quien, con pocas palabras, la condujo a un cuartucho infecto, con perro incluido. Si nada se le explicaba, no cabía duda de que la estaban tratando como una sospechosa de narcotráfico. El agente ha podido ser un funcionario, un soldadillo sin escrúpulos, un improvisado o un servidor de intereses propios (esta fauna crece, lo sabemos, más allá de cualquier zoológico). Enumeremos la secuencia: registran la maleta y desprenden el forro interior, sacan productos diversos y los van oliendo, rompen un catálogo que le ha regalado el galerista colombiano Luis Ángel Parra, rasgan el lomo de un libro infantil escrito por Yolanda Pantin (que nuestra viajera ha comprado para llevarle a la nieta), desprenden los botones de una chaqueta, ahuecan el tacón de un zapato, husmean la ropa interior… Y, de pronto, el agente se topa con una cajita de tabaquitos que huele y rehuele, con insistencia, hasta que Nuria, asqueada o indecisa, se los ofrece como una manera de salir del acoso. El agente se lleva la cajita al bolsillo, sin siquiera dar las gracias.

¿Por qué debemos dar cuenta de estas bajezas? ¿Por qué como souvenir debemos someter a gente que hemos invitado a los peores tratos? Nuria ha vivido y viajado por Latinoamérica desde los 20 años y nunca, me dice en un correo, “ni en Cuba”, había sentido tal nivel de escarnio. Su amor por Venezuela podrá ser amplio y generoso, pero no la esperemos de vuelta para los próximos años. El hombre de los tabaquitos ha logrado su objetivo.