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Antonio López Ortega

Derrota

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Mi amigo G suele llamarme los domingos. Lo hace semanalmente, al menos desde 1985. G es uno de esos venezolanos que emigró mucho tiempo atrás y que no ha vuelto a pisar el país, salvo cuando lo invitan a seminarios o a dar conferencias, se entiende que cada vez menos. En Francia ha hecho vida académica, especializándose en Estudios Hispánicos. Es un hombre inteligente, agudo, sensible, capaz de recurrir a todas las fuentes para siempre estar al día con su país de origen, acaso una herida que en su cuerpo no sana. De su único matrimonio con una francesa, tiene una hija preciosa que se ha dedicado a estudiar Ciencias Políticas, con especialización en América Latina: el Peronismo y el PRI han sido sus objetos de estudio, respectivamente, en la maestría y en el doctorado. La hija de G salta del francés al español como quien cierra y abre los ojos, al unísono: la última vez que conversé con ella me asombraban sus modismos venezolanos y también sus palabras pronunciadas en plural, en las que omitimos las eses y preferimos las jotas. “Nos fuimoj a la campiña”, me decía.

El pasado domingo 3 de noviembre G cumplió con su ritual, y la llamada entró a casa a las 3:00 de la tarde. Pero a diferencia de otros días no sabía qué decirle. Yo más bien lo escuchaba, mientras él preguntaba y de inmediato se respondía: “¿Es verdad que el país está quebrado? ¿No existe un déficit de 55.000 millones de dólares? ¿Puede sostenerse el gobierno? ¿Cómo ves la presión social?”. Mientras lo escuchaba, me dio por ver hacia la ventana de mi estudio, donde por las tardes a veces llegan arrendajos. Uno estaba saltando de una rama a otra, con sumo cuidado, y advirtiendo si algo se movía en los alrededores. Yo escuchaba a G sin aliento, como balbuceando, dándole pie para que continuara. Pero en verdad me refugiaba en el arrendajo, en sus saltos discretos, para no confrontar un estado de ánimo que me sabía a derrota, a desazón. Tenemos tres lustros explicándole a los otros, o explicándonos a nosotros mismos, las razones de lo que no tiene nombre, y comprobaba que ya los argumentos no existen, que ya la misma narrativa es impotente para comunicar nada. La realidad ha derrotado al intelecto, el absurdo diario ha hecho que las explicaciones también sean absurdas. Toda tentativa de verbalizar es finalmente nula.

G quedó más confundido que nunca, porque no supo hallar en mí calma para sus inquietudes. Colgó dubitativo, abrazándome desde la distancia, mientras yo seguía saltando con mi arrendajo. Me quedé con esa sensación de derrota, y recordé el poema que con el mismo nombre escribió el maestro Rafael Cadenas, allá en los tempranos sesenta: “Yo que tengo vergüenza por actos que no he cometido”. Y de pronto, junto a un nuevo salto del arrendajo, encontraba en tan breve frase lo que no alcancé a decirle a G: que tengo vergüenza por actos que no he cometido, o que quizás sí deba tenerla porque los actos han sido hechos por mis semejantes, por mis connacionales.

Tiempos llegarán en que la derrota será experimentada por los otros, por los que hoy detentan el poder como si fueran dioses eternos, además de crueles. Porque en la derrota, que ha sido nuestro horizonte de tres lustros, también se crece, también se madura, hasta volvernos diferentes, incluso superiores. Tiempos de derrota les hacen falta a los déspotas para recuperar algo de humanidad, de racionalidad, de sentido, si es que en esas almas atrofiadas queda algún resquicio de lo que según Platón perseveraba cuando las carnes mueren.

El arrendajo salta desde la última rama y desaparece.